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viernes, 7 de noviembre de 2003

A un benefactor de la Orden libanesa Maronita. Busto de Nasri Dao

A UN BENEFACTOR DE LA ORDEN LIBANESA MARONITA

Con motivo de la consagración de la iglesia de la misión San Charbel, la Orden Maronita organizó una serie de actos entre los cuales se encontraba la develación del busto de Nasri Dao, que se ubicó en lugar de honor del patio perteneciente al colegio anexo al templo. Como invitados especiales estuvieron los descendientes del homenajeado, directivos de la organización y otras personalidades.

Las palabras centrales la pronunció el padre superior de la Orden Libanesa Maronita, abate Athanasios al Yalj y en ellas recordó la presencia de Nasri Dao en Venezuela, cuando llegó a finales del silgo XIX procedente del Líbano. Subrayó la actividad comercial que desarrolló en este país, que se inició con una agencia automotriz que luego le permitió fundar el Banco Caribe. Más adelante mencionó su matrimonio con Najibe Valdivia de Dao, con quien fundó un hogar donde el norte fueron los valores familiares, la esperanza y el amor.

Agradeció la iniciativa del doctor Edgar Dao que permitió la construcción de la iglesia y el colegio ubicado en Quebrada Honda. Cerró con las bendiciones que dirigió a todos los presentes.

Cabe señalar que la Asociación Maronita de Venezuela, presidida por Mauricio Torbay, mantiene esta obra de relevancia social que cuenta con un colegio para 500 alumnos, biblioteca, dispensario médico, monasterio para sacerdotes, salones de uso múltiple y áreas administrativas.

Fuente: http://www.eluniversal.com/2003/11/07/soc_index
MAYTE NAVARRO
EL UNIVERSAL


Leonor de Dao, María Elena Dao de León y Eduardo León Vivas, unos de los representantes de la familia Dao en este homenaje

Faenza Araujo de Torbay y Enrique Loaeza, embajador de México

Doctor Vicente Carrillo Batalla Luca y Emily Mattar de Carrillo Batalla

Antonio Dahda y monseñor Joseph Dib

Julia Marraoui, Clara de Mattar y Said Mattar

Claudia de Elarba, Yeannette Elarba y Teresa Mattar

Nelson Dao y el Abate Athanasios al Yalj, padre superior de la Orden Libanesa Maronita


lunes, 13 de octubre de 2003

Un bastión oriental en el bulevar

El complejo cuenta con espacios para un colegio y un centro cultural

"El bulevar de las religiones", denominación que por oficio identifica para muchos al paseo bautizado en recuerdo del pequeño gigante de los sábados, el animador Amador Bendayán, alberga desde ayer a la orden Libanesa Maronita, conocida como la primera Iglesia católica apostólica del Medio Oriente.

Allí, frente a la mezquita, tuvo lugar la consagración de la iglesia San Charbel, el santo de los milagros.

Abad Atanasios Yalej, superior general de la Orden; el obispo maronita Georges Abi Younes, asignado por Su Santidad Juan Pablo Segundo para México y Venezuela y el padre Lematawah Hachoem, secretario general de la Orden; acompañados de los padres Mauricio Muawad, Simón Abud y Charbel Chahim, de la comunidad del monasterio, llevaron a cabo la ceremonia a la que asistió también el obispo Pedro Bermúdez, en representacion de la Iglesia católica en Venezuela.

El complejo suma 20 mil metros cuadrados de construcción, levantados sobre una superficie de 6 mil metros cuadrados de terreno. El proyecto se inició hace 17 años y se empezó a construir hace 6.

La obra arquitectónica está dividida en dos. En el bloque A hay un estacionamiento, un salón de actividades en el que funcionará un instituto cultural para la enseñanza del baile, la música, la gastronomía y el idioma libaneses y el templo, con capacidad para recibir a 2.000 personas.

El aparte B incluye otro aparcamiento subterráneo, el monasterio y un colegio para 300 alumnos, con biblioteca y áreas diversas.

El padre Chahin destacó que los planes "son muchos": un dispensario médico, una universidad y un seminario que por lo pronto se orientará hacia la enseñanza de la religión al pueblo en general.

Fuente: http://www.eluniversal.com/2003/10/13/ccs_art_13210A
MORELIA MORILLO RAMOS
EL UNIVERSAL

domingo, 10 de junio de 2001

Misa de canonización de Santa Safqa (Santa Rebeca)


MISA DE CANONIZACIÓN - SOLEMNIDAD DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD

HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II

Domingo 10 de junio de 2001

1. "Bendito sea Dios Padre, y su Hijo Unigénito, y el Espíritu Santo, porque grande es su amor por  nosotros"  (Antífona de entrada).

Siempre, pero especialmente en esta fiesta de la Santísima Trinidad, toda la liturgia está orientada al misterio trinitario, manantial de vida para todo creyente.

"Gloria al Padre, gloria al Hijo y gloria al Espíritu Santo":  cada vez que proclamamos estas palabras, síntesis de nuestra fe, adoramos al único y verdadero Dios en tres Personas.
Contemplamos con estupor este misterio que nos envuelve totalmente. Misterio de amor; misterio de santidad inefable.

"Santo, santo, santo es el Señor, Dios del universo", cantaremos dentro de poco, al entrar en el corazón de la Plegaria eucarística. El Padre creó todo con sabiduría y amorosa providencia; el Hijo, con su muerte y resurrección, nos ha redimido; el Espíritu Santo nos santifica con la plenitud de sus dones de gracia y misericordia.

Podemos definir con razón esta solemnidad como una fiesta de la santidad. Por tanto, en este día encuentra su marco más adecuado la ceremonia de canonización de cinco beatos:  Luis Scrosoppi, Agustín Roscelli, Bernardo de Corleone, Teresa Eustochio Verzeri y Rebeca Petra Choboq Ar-Rayès.

2. "Ya que hemos recibido la justificación por la fe, estamos en paz con Dios, por medio de nuestro Señor Jesucristo" (Rm 5, 1).

Como hemos escuchado en la segunda lectura, para el apóstol san Pablo la santidad es un don que el Padre nos comunica mediante Jesucristo. En efecto, la fe en él es principio de santificación. Por la fe el hombre entra en el orden de la gracia; por la fe espera participar en la gloria de Dios.
Esta esperanza no es un espejismo, sino fruto seguro de un camino ascético en medio de numerosas tribulaciones, afrontadas con paciencia y virtud probada.

Esta fue la experiencia de san Luis Scrosoppi, durante una vida gastada totalmente por amor a Cristo y a sus hermanos, especialmente los más débiles e indefensos.

"¡Caridad, caridad!":  esta exclamación brotó de su corazón en el momento de dejar el mundo para ir al cielo. Practicó la caridad de modo ejemplar, sobre todo con las muchachas huérfanas y abandonadas, implicando a un grupo de maestras, con las que fundó el instituto de las "Religiosas de la Divina Providencia".

La caridad fue el secreto de su largo e incansable apostolado, alimentado de su contacto constante con Cristo, contemplado e imitado en la humildad y en la pobreza de su nacimiento en Belén, en la sencillez de la vida laboriosa de Nazaret, en la total inmolación en el Calvario y en el silencio elocuente de la Eucaristía. Por este motivo, la Iglesia lo señala a los sacerdotes y a los fieles como modelo de síntesis profunda y eficaz entre la comunión con Dios y el servicio a los hermanos. En otras palabras, modelo de una existencia vivida en comunión intensa con la santísima Trinidad.

3. "Grande es su amor por nosotros". El amor de Dios a los hombres se manifestó con particular evidencia en la vida de san Agustín Roscelli, a quien hoy contemplamos en el esplendor de la santidad. Su existencia, totalmente impregnada de fe profunda, puede considerarse un don ofrecido para la gloria de Dios y el bien de las almas. La fe lo hizo siempre obediente a la Iglesia y a sus enseñanzas, con una dócil adhesión al Papa y a su obispo. La fe le proporcionó consuelo en las horas tristes, en las grandes dificultades y en las situaciones dolorosas. La fe fue la roca sólida a la que supo aferrarse para no ceder jamás al desaliento.

Sintió el deber de comunicar esa fe a los demás, sobre todo a los que se acercaban a él en el ministerio de la confesión. Se convirtió en maestro de vida espiritual especialmente para las religiosas de la congregación que fundó, las cuales lo vieron siempre sereno, incluso en medio de las situaciones más críticas. San Agustín Roscelli también nos exhorta a confiar siempre en Dios, sumergiéndonos en el misterio de su amor.

4. "Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo". A la luz del misterio de la Trinidad cobra singular elocuencia el testimonio evangélico de san Bernardo de Corleone, también él elevado hoy al honor de los altares. Todos se maravillaban y se preguntaban cómo un fraile iletrado como él podía hablar con tanta elevación sobre el misterio de la santísima Trinidad. En efecto, su vida estaba completamente orientada a Dios, a través de un esfuerzo constante de ascesis, impregnada de oración y de penitencia. Quienes lo conocieron testimonian unánimemente que "siempre estaba absorto en oración", "jamás dejaba de orar" y "oraba constantemente" (Summ., 35). De este coloquio ininterrumpido con Dios, que tenía en la Eucaristía su centro de acción, sacaba el alimento vital para su valiente apostolado, respondiendo a los desafíos sociales de su tiempo, no exento de tensiones e inquietudes.

También hoy el mundo necesita santos como fray Bernardo, inmersos en Dios y, precisamente por esto, capaces de transmitirle su verdad y su amor. El humilde ejemplo de este capuchino constituye un aliciente para no dejar de orar, pues la oración y la escucha de Dios son el alma de la auténtica santidad.

5. "El Espíritu de la verdad os guiará hasta la verdad plena" (Antífona de comunión). Teresa Eustochio Verzeri, a quien hoy contemplamos en la gloria de Dios, en su breve pero intensa vida se dejó guiar dócilmente por el Espíritu Santo. Dios se le reveló como misteriosa presencia ante la cual es preciso inclinarse con profunda humildad. Se alegraba al considerarse bajo la constante protección divina, sintiéndose en las manos del Padre celestial, en quien aprendió a confiar siempre.

Abandonándose a la acción del Espíritu, Teresa vivió la particular experiencia mística "de la ausencia de Dios". Sólo una fe inquebrantable evitó que perdiera la confianza en este Padre providente y misericordioso, que la ponía a prueba:  "Es justo -escribió- que la esposa, después de seguir al esposo en todas las penas que acompañaron su vida, participe también con él en la más terrible" (Libro de los deberes, III, 130).

Esta es la enseñanza que santa Teresa deja al instituto de las "Hijas del Sagrado Corazón de Jesús", fundado por ella. Esta es la enseñanza que nos deja a todos. Incluso en medio de las contrariedades y los sufrimientos internos y externos es necesario mantener viva la fe en Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo.

6. Al canonizar a la beata Rebeca Choboq Ar-Rayès, la Iglesia ilumina de un modo muy particular el misterio del amor dado y acogido para la gloria de Dios y la salvación del mundo. Esta monja de la Orden Libanesa Maronita deseaba amar y entregar su vida por sus hermanos. En medio de los sufrimientos, que no dejaron de atormentarla durante los últimos veintinueve años de su vida, santa Rebeca manifestó siempre un amor generoso y apasionado por la salvación de sus hermanos, sacando de su unión con Cristo, muerto en la cruz, la fuerza para aceptar voluntariamente y amar el sufrimiento, auténtico camino de santidad.

Que santa Rebeca vele sobre los que sufren y, en particular, sobre los pueblos de Oriente Próximo, que afrontan la espiral destructora y estéril de la violencia. Por su intercesión, pidamos al Señor que impulse a los corazones a buscar con paciencia nuevos caminos para la paz, apresurando la llegada del día de la reconciliación y la concordia.

7. "Señor, Dios nuestro, ¡qué admirable es tu nombre en toda la tierra!" (Salmo responsorial, 8, 2. 10). Al contemplar estos luminosos ejemplos de santidad, resuena espontáneamente en el corazón la invocación del salmista. El Señor no cesa de dar a la Iglesia y al mundo ejemplos admirables de hombres y mujeres, en los que se refleja su gloria trinitaria. Que su testimonio nos impulse a mirar al cielo y a buscar siempre el reino de Dios y su justicia.

María, Reina de todos los santos, que fuiste la primera en acoger la llamada del Altísimo, sostennos en el servicio a Dios y a nuestros hermanos. Y vosotros, san Luis Scrosoppi, san Agustín Roscelli, san Bernardo de Corleone, santa Teresa Eustochio Verzeri y santa Rebeca Petra Choboq Ar-Rayès, caminad con nosotros, para que nuestra vida, como la vuestra, sea alabanza al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. Amén.

Imágenes del día de la canonización de Santa Rebeca.









Santa Rafqa (Santa Rebeca)


Santa Rafqa nació el 28 de Junio de 1832 en Himlaia, Líbano, A los 8 días la bautizaron y le dieron el nombre de Butrusiye (en español Petra, o Petrita), hija de Murad y Rafqa. Nació y creció su fe en la casa, acompañando a sus padres y imitándolos en su vida diaria. Concurrían a la Iglesia de San Jorge, donde fue bautizada. A los siete años se enferma su madre gravemente y muere; Butrusiye sufrió mucho y empezó a soñar con seguir a su madre.

Santa Rafqa, antes de morir, contó la historia de su niñez a su superiora Ursula: "No hay en mi vida nada importante que merezca ser mencionado... Cuando tenía 7 años, mi madre murió y mi padre se casó de nuevo". "Cuando llegué a la edad de 14, mi madrastra quiso arreglar mi casamiento con el hermano de ella, y mi tía materna quería que lo hiciera con su hijo. Eso me impresionó mucho... y pedí a Dios que me liberara de estos malos pasos. Rápidamente me la idea de hacerme religiosa y me dirigí al convento de Nuestra Señora de la Liberación en Bikfaia, que parecía a las religiosas Mariamitas, conocidas por el pueblo como jesuitas". Abandonó la casa paterna cuando fue mayor de edad. "Por la calle encontré tres muchachas a las cuales dije: voy al convento, ¿queréis seguirme? Dos de ellas aceptaron y la tercera dijo que me seguiría si yo perseveraba en el convento. Nos dirigimos los tres al convento, y cuando entre en la iglesia, sentía una gran alegría interior, escuché como una voz intima que me decía: tu serás religiosa. Cuando entramos en el locutorio del convento, la superiora me dijo: seas bienvenida, me tomó por la mano y me introdujo en el convento. A las dos otras muchachas dijo: volved después y seréis recibidas. Me sorprendió la actitud de la superiora y procuré ver en esto la intercesión de la Virgen del Socorro que vi en la iglesia.


En tiempo de Rafqa no había en el Líbano instituciones religiosas dedicadas exclusivamente a la educación femenina. En Bikfaia, el padre José Gemaiel, fundó para esta finalidad un nuevo instituto que tomó el nombre de Mariamat (Hijas de María). El primero de Enero en 1853, el Padre Gemaiel anotaba en su cuaderno el nacimiento del instituto y el nombre de 4 postulantes. La ultima era Butrsie que tenía 21 años. El 9 de Febrero de 1855, fiesta de San Marón, Butrsie entró en el noviciado en el convento de Ghazir y en el año siguiente obtuvo sus votos temporarios, tomando el nombre de Anisa. Sor Anisa se ocupaba de la cocina y también estudiaba, para poder ser docente. Enseñó por dos años en Deir El-Kamar, un año en la ciudad de Byblos y siete años el pueblo de Maad. Después de la fusión de su congregación Las Mariamitas con la del Sagrado Corazón en una sola congregación llamada Los Sagrados Corazones, en 1971, Anisi vio en sueños a un monje que le decía: "entra en la Orden de las Libanesas Maronitas" (Baladitas). El día siguiente se dirijo al monasterio de San Simón en Aytou, al Norte del Líbano, en donde realizó un año de noviciado, y se llamo como su madre Rafqa. El 25 de Agosto de 1872 tomó los hábitos.

En 1885, el primer domingo de octubre fiesta del Rosario, Rafqa rezaba delante del Santísimo: “¿Dios mío te alejaste de mi y me abandonaste? ¿Porque no me has visitado con una enfermedad? ¿Te habrás olvidado de tu esclava?" Esa misma noche, cuando se disponía a dormir, sintió un inmenso dolor de cabeza que se prolongaba hasta los ojos. Un medico de Trípoli le hizo una punción introduciéndole una sonda de un oído a otro, y Rafqa repetía: "Con los sufrimientos de Cristo ". Un medico americano en Byblos opino que era necesaria una operación en el ojo derecho, y ella rechazo que la anestesiaran. Pero cuando la estaban operando, el medico le extirpo el ojo y este cayo palpitante delante de ella; y Rafqa decía: "Con la Pasión de Cristo; que Dios bendiga sus manos; que Dios lo recompense". En ese momento sintió como chispas que le brotaban de los ojos y un dolor tan intenso como si la tierra girara a su alrededor. Un medico militar en Batrun habiéndola examinado dijo: "El dolor de ojo que esta pobre monja padece, es indescriptible y es imposible su curación ya que le afecto el nervio óptico ". Cuando el dolor se agudizaba, ella repetía: "Por la gloria de Dios, en comunión con la pasión de Cristo... con la corona de espinas en Tu cabeza; Oh mi Señor ". El 3 de noviembre de 1817, el Patriarca Hage autorizo la transferencia de seis monjas quienes querían vivir una vida en comunidad bajo la protección de San José, del monasterio de San Simón El-Karn al nuevo monasterio de San José el Dahr en Yrabta. Una de ellas era Rafqa. Al cabo de dos años de la llegada al monasterio San José, Rafqa quedo totalmente ciega, y le vino después un dolor atroz en los dedos de los pies y tuvo que guardar cama. Tuvo varios dolores en la pierna derecha, la rotula, la rodilla, el hombro y el brazo. Le quedo el cuerpo enjuto y tieso, se adelgazo a tal punto que parecía un esqueleto descarnado, con todos los miembros dislocados. No tenía ningún miembro sano excepto las articulaciones de las manos, las cuales utilizaba para tejer medias de lana... Según la opinión de los médicos, Rafqa padecía de tuberculosis osteoarticular que la postro por siete años en cama, acostada solamente del lado derecho sin que su hombro tocara las sabanas, con la cabeza apoyada en la almohada. La mañana del Jueves Santo, Rafqa dijo a su superiora "si pudiera asistir a la misa, en este día de tan noble fiesta", las hermanas trataron de llevarla asiendo las cuatro puntas de la sabana, pero al tratar de llevarla, le dolió la cadera izquierda, entonces la dejaron en su cama. Cuándo la misa empezó y las monjas estaban en el oratorio, Rafqa entro arrastrándose en la Iglesia! Las monjas se sorprendieron y se emocionaron, la superiora se levantó para ayudarla, pero Rafqa le hizo una seña con la cabeza que la dejara entrar sola. Cuando entró la sentaron en un almohadón. Más tarde, la madre superiora le preguntó: "¿Cómo pudiste ir a la Iglesia?" Rafqa respondió: "No se nada; le pedí a Jesús que me ayudara, y de repente sentí que los pies se resbalaban de la cama, pude bajarme y me arrastré hasta la Iglesia".

Un día, la madre Ursula Doumit preguntó a Rafqa: “No desearías ver nuestro nuevo monasterio y sus alrededores, como la montaña, el bosque y la belleza?"

-"Sí, desearía la vista al menos una hora para verte".

-"Una hora solamente y volver a estar ciega?"

-"Sí". - Al momento, se le resplandeció la cara de Rafqa y dijo sonriente: "Veo! Bendito sea Dios!"

-"Que hay sobre este armario?" preguntó la superiora, para asegurarse.

Y Rafqa volteando la cara sobre el armario dijo: "La Santa Biblia y el prefacio" y señalaba las diferentes manchas que había en su cubrecama.

EL MILAGRO DE LA BEATIFICACIÓN

En 1925 el Abad Ignatios Daguer Al Tanuri, Superior General, se dirige a Roma se encuentra en una audiencia con el Papa Pio XI, pidiéndole que acepte las causas de Beatificación de tres de los hijos de la Orden que son; Padre Nemetala Al Hardini, Padre Charbel Majluf Beqakafra y la Monja Rafqa Alchoboc Al Rais de Hemlaya.

Como ya sabemos, el Padre Charbel fue beatificado el 5 de diciembre de 1965 en la clausura del Concilio Vaticano II y su canonización el 9 de octubre de 1977. también sabemos lo que significa San Charbel, no solo para los libaneses, son para todos los cristianos.

Santa Rafqa, esta monja de la Orden Libanesa Maronita, fue beatificada por el actual Papa Juan Pablo II el 17 de mayo de 1985. Su fiesta es el 23 de marzo. Y su canonización también la realizó el Papa Juan Pablo II el 10 de junio de 2001.

La Iglesia reconoce el milagro que Dios ha realizado por la intersección de Santa Rafqa, que fue una curación directa, completa y permanente de la señora Isabel Najle Albathawi que tenia un cáncer en el útero; al perder la esperanza de poder curarla, los doctores dieron órdenes de llevarla a casa para morir; por el camino los familiares pasaron con ella por el convento y rezaron de noche con las hermanas sobre la tumba de Rafqa, al día siguiente cesó la hemorragia y quedó curada.

Su Santidad el Papa Juan Pablo II la beatificó el 17 de Noviembre 1985.

La Beata Rafqa de Himlaya, que hoy es canonizada por el Sumo Pontífice, fue realmente “sal de la tierra y luz del mundo”. Se le puede aplicar también el bello versículo del Salmo 92: "Florecerá el justo como la palmera y crecerá como el cedro del Líbano”. Por esta razón y con mucho fervor elevamos desde nuestro corazón una suplica: le pedimos que interceda ante Dios, por su noble patria, abrumada de tormentos. Que los habitantes del Líbano encuentren en el ejemplo de esta mujer fuerte, que ha sufrido tanto y jamás ha hecho sufrir, valor para avanzar por los caminos de la reconciliación y de la paz (palabras del Santo Padre en su Beatificación).

Canonización de beata Rafqa en el Vaticano el 10 de junio de 2001.

miércoles, 24 de mayo de 2000

Mensaje del santo padre Juan Pablo II al patriarca de antioquía de los maronitas

MENSAJE DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
AL PATRIARCA DE ANTIOQUÍA DE LOS MARONITAS

A Su Beatitud el cardenal
Nasrallah-Pierre Sfeir
Patriarca de Antioquía de los maronitas

Informado de la evolución de los acontecimientos en su país, quiero expresarle mi solidaridad e invitar a todos los cristianos a sentirse solidarios con las poblaciones que, en el sur del Líbano, temen por su futuro a causa de la situación que se ha creado en estos últimos días.

Deseo recordar a todos los responsables el grave deber que les incumbe de respetar el derecho de las personas y de los pueblos, y evitar actos que pondrían en peligro la vida de las personas y la convivencia entre las comunidades.

Pido a Dios que ilumine las mentes y los corazones, para que se ahorre a todas las poblaciones civiles nuevas matanzas y se garantice la soberanía de cada país, de manera que todos miren al futuro con serena esperanza.

Como prenda de consuelo le envío a usted, señor cardenal, la bendición apostólica, así como a todos los fieles de Cristo, implorando a Dios que derrame la abundancia de sus beneficios sobre todos los libaneses.

Vaticano, 24 de mayo de 2000



miércoles, 11 de febrero de 1998

Exigen culminar construcción de Iglesia

La edificación de la Orden Libanesa Maronita fue suspendida por mandato de un Juez, y la comunidad católica cree que es un atropello 
EXIGEN CULMINAR CONSTRUCCIÓN DE IGLESIA 


Caracas.- Una serie de acciones judiciales emprenderán los representantes legales de la Asociación Católica Maronita en Venezuela, a fin de poder reanudar la construcción de la iglesia San Charbel, ubicada en el bulevar Francisco de Miranda, Quebrada Honda, cuya edificación fue paralizada, por órdenes del juez II Civil, Mercantil del Area Metropolitana de Caracas, Humberto Mendoza D'Paola, desde el pasado 18 de diciembre de 1997.

Mauricio Torbay, representante de la Orden Libanesa Maronita (fiel seguidora de la tradición monástica fundada por San Marón hace 15 siglos y ha sido durante 1.500 años la difusora de sus mensajes) aseguró que acudirán al Arzobispado a solicitar su intervención, pues consideran que 'es un atropello que no pueden aceptar. La decisión del juez va contra la religión que nosotros profesamos, que es la misma que profesa la mayoría de los venezolanos'.

Arquitecto turista

Iván Sánchez y Santiago Georges, asesores legales de la Orden Libanesa Maronita explicaron que todo se inició cuando Michael McCool, arquitecto norteamericano, con visa de turista, ofrece sus servicios profesionales gratuitamente para diseñar el templo.

Aclara que su aporte será una donación, pero advierte que si se llegan a usar otros planos diferentes a los concebidos por él debían darle una compensación.

El supuesto profesional nunca entregó los planos y en consecuencia la iglesia es edificada bajo otro diseño.

Sorpresivamente, el ciudadano norteamericano presentó una demanda multimillonaria ante el Tribunal II Civil, Mercantil y pide que le cancelen un millón 300 mil dólares por sus servicios.

El juez acordó un embargo ejecutivo sobre la iglesia 'y por principio jurídico las iglesias no pueden embargarse porque son bienes de dominio público', aclaró Georges.

Por su parte, Iván Sánchez aclaró que se decretó el embargo sin haber demostrado las condiciones necesarias para ejecutarlo. Por otra parte, el juez debió hacer la notificación ante la Procuraduría General de la República porque se trataba de un bien de servicio público. Asimismo, el acto debe considerarse nulo, pues el depositario judicial designado por el tribunal no se juramentó. Recordó que ya acudieron al Consejo de la Judicatura donde denunciaron al juez por error inexcusable.

Fuente: http://www.eluniversal.com/1998/02/11/ccs_art_11402AA
Hercilia Garnica
El Universal

domingo, 11 de mayo de 1997

VIAJE APOSTÓLICO A BEIRUT
CEREMONIA DE DESPEDIDA
DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II Domingo 11 de mayo de 1997

Señor presidente de la República:
1. Al concluir mi visita pastoral a su país, ha querido venir a despedirme con la delicadeza y el sentido de acogida que forman parte de la tradición libanesa. Deseo manifestarle, una vez más, mi gratitud por la acogida que me ha dispensado y por las medidas tomadas, que han favorecido el desarrollo de los diversos encuentros que he celebrado. Mi agradecimiento se extiende a las autoridades civiles y militares, a los responsables de las diversas Iglesias y comunidades eclesiales, por sus atenciones durante los dos días que he pasado en este hermoso país, tan cercano a mi corazón. Expreso, asimismo, mi viva gratitud y mi reconocimiento a los miembros de los servicios de seguridad, y a todos los voluntarios que, con generosidad, eficacia y discreción, han contribuido al éxito de mi visita.

2. A lo largo de las celebraciones y los diversos encuentros que he tenido, he constatado el profundo amor que los católicos libaneses y todos sus compatriotas sienten hacia su patria, así como su apego a su cultura y tradiciones. Se han mantenido fieles a su tierra y a su patrimonio en numerosas circunstancias, y siguen manifestando hoy esa misma fidelidad. Los exhorto a proseguir por ese camino, dando en esta región y en el mundo un ejemplo de convivencia entre las culturas y entre las religiones, en una sociedad donde todas las personas y las diferentes comunidades cuentan con igual consideración.

3. Antes de dejar vuestra tierra, renuevo mi llamamiento a las autoridades y a todo el pueblo libanés, para que se desarrolle un nuevo orden social, fundado en los valores morales esenciales, con el propósito de garantizar la prioridad de la persona y de los grupos humanos en la vida nacional y en las decisiones comunitarias; esa atención al hombre, que pertenece por naturaleza al alma libanesa, dará frutos de paz en el país y en la región. Exhorto a los dirigentes de las naciones a respetar el derecho internacional, particularmente en Oriente Medio, para que se garanticen la soberanía, la autonomía legítima y la seguridad de los Estados, y se respeten el derecho y las comprensibles aspiraciones de los pueblos.

A la vez que manifiesto mi aprecio por los esfuerzos de la comunidad internacional en la región, expreso mi deseo de que el proceso para buscar una paz justa y duradera siga siendo sostenido con decisión, valentía y coherencia. Asimismo, hago votos para que esos esfuerzos prosigan y se intensifiquen, a fin de sostener el crecimiento del país y el camino de los libaneses hacia una sociedad cada vez más democrática, en una plena independencia de sus instituciones y en el reconocimiento de sus fronteras, condiciones indispensables para garantizar su integridad. Pero nada se podrá lograr si no se comprometen todos los ciudadanos del país, cada uno realizando la parte que le corresponda, por el camino de la justicia, la equidad y la paz en la vida política, económica y social, así como en la participación en las responsabilidades dentro de la vida social.

4. Deseo expresar, una vez más, mi viva gratitud a los patriarcas, a los obispos libaneses, a los sacerdotes, a los religiosos y las religiosas, así como a los laicos de la Iglesia católica, que han preparado con intensidad mi visita. A todos les he entregado la exhortación apostólica postsinodal, para que les sirva de guía y apoyo en su camino espiritual y en sus compromisos al lado de sus hermanos. Agradeciendo la acogida de los católicos libaneses, cuya vitalidad pastoral he podido apreciar, quisiera asegurarles mi afecto y mi profunda comunión espiritual, invitándolos a ser testigos misericordiosos del amor de Dios y mensajeros de paz y fraternidad.

Mi respetuoso saludo se dirige también a los líderes de las demás Iglesias y comunidades eclesiales, a todos los cristianos de las demás confesiones y a los creyentes del islam, deseando que todos prosigan el diálogo religioso y la colaboración, para manifestar que las convicciones religiosas son fuente de fraternidad y para testimoniar que es posible una vida de convivencia, por amor a Dios, a sus hermanos y a su patria.

A través de usted, señor presidente, saludo y doy las gracias a todos los libaneses, formulándoles mis mejores deseos de paz y prosperidad. Que su nación, cuyos montes son como un faro en la costa, dé a los países de la región un testimonio de cohesión social y de buen entendimiento entre todos sus componentes culturales y religiosos.
Renovándole mi gratitud, invoco sobre todos sus compatriotas la abundancia de las bendiciones divinas.

VIAJE APOSTÓLICO A BEIRUT
SANTA MISA EN LA EXPLANADA DE LA PLAZA DE LOS MÁRTIRES
HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II 
Domingo 11 de mayo
 de 1997

1. Hoy, saludo al Líbano. Ya desde hace mucho tiempo deseaba venir a vosotros, y por muchas razones. He llegado, por fin, a vuestro país para concluir la Asamblea especial para el Líbano del Sínodo de los obispos. Hace casi dos años la Asamblea sinodal realizó sus trabajos en Roma. Pero su parte solemne, la publicación del documento postsinodal, tiene lugar ahora, aquí en el Líbano. Estas circunstancias me permiten estar en vuestra tierra por primera vez y manifestaros el amor que la Iglesia y la Sede apostólica sienten hacia vuestra nación y hacia todos los libaneses: hacia los católicos de los diversos ritos —maronita, melquita, armenio, caldeo, sirio y latino—, hacia los fieles que pertenecen a las demás Iglesias cristianas, así como a los musulmanes y drusos, que creen en el único Dios. Desde lo más profundo de mi corazón, os saludo a todos en esta circunstancia tan importante. Queremos ahora presentar a Dios los frutos del Sínodo para el Líbano.

Agradezco al señor cardenal Nasrallah Pierre Sfeir, patriarca maronita, las palabras de acogida que me ha dirigido en nombre de todos vosotros. Asimismo, doy las gracias a los cardenales que me acompañan: con su presencia ponen de relieve el afecto de la Sede apostólica hacia el Líbano. Saludo a los patriarcas y a los obispos presentes, al igual que a todas las personas que han tomado parte en los trabajos del Sínodo para el Líbano. Me alegra saludar a los patriarcas y a los ilustres representantes de las demás Iglesias y comunidades eclesiales, en particular a los delegados fraternos que participaron en el Sínodo y que han querido asociarse a esta fiesta de sus hermanos católicos. Dirijo un cordial saludo también a las personalidades musulmanas y drusas. Con deferencia, expreso mi agradecimiento al señor presidente de la República, al señor presidente del Parlamento, al señor presidente del Consejo de ministros, así como a las autoridades del Estado por su presencia en esta celebración litúrgica.

2. En esta asamblea extraordinaria queremos declarar ante el mundo la importancia del Líbano, su misión histórica, realizada a través de los siglos. En efecto, país de numerosas confesiones religiosas, ha demostrado que estas diferentes confesiones pueden convivir en paz, en fraternidad y en colaboración; ha demostrado que se puede respetar el derecho de todo hombre a la libertad religiosa; que todos están unidos en el amor a esta patria que maduró en el curso de los siglos, conservando la herencia espiritual de los padres, especialmente del monje san Marón.

3. Nos encontramos en la región que los pies de Cristo, Salvador del mundo, pisaron hace dos mil años. La sagrada Escritura nos informa de que Jesús salió a predicar fuera de los límites de la Palestina de entonces, y visitó también el territorio de las diez ciudades de la Decápolis, en particular Tiro y Sidón, y que en ellas realizó milagros. Hermanos y hermanas libaneses, el Hijo mismo de Dios fue el primer evangelizador de vuestros antepasados. Se trata de un privilegio extraordinario.

Hablando de Tiro y Sidón, no puedo menos de mencionar los grandes sufrimientos que han padecido sus poblaciones. Hoy pido a Jesús que ponga fin a estos dolores y le imploro la gracia de una paz justa y definitiva en Oriente Medio, con el respeto de los derechos y las aspiraciones de todos.

Al escuchar el evangelio de hoy, que presenta el pasaje de las ocho bienaventuranzas recogidas en el sermón de la Montaña, no podemos olvidar que el eco de estas palabras de salvación, pronunciadas un día en Galilea, llegó pronto hasta acá. Los autores del Antiguo Testamento se referían a menudo en sus escritos a los montes del Líbano y del Hermón, que veían en el horizonte. Así pues, el Líbano es un país bíblico. Dado que se encontraba muy cerca de los lugares donde Jesús cumplió su misión, fue uno de los primeros en recibir la buena nueva. La buena nueva que vuestros antepasados recibieron directamente del Salvador.

Ciertamente, vuestros antepasados conocieron, mediante la predicación apostólica, y en particular a través de las misiones de san Pablo, la historia de la salvación, los acontecimientos que se sucedieron desde el domingo de Ramos hasta el domingo de Pascua, pasando por el Viernes santo. Cristo fue crucificado y colocado en la tumba, pero resucitó al tercer día. El misterio pascual de Jesucristo constituye el centro mismo de la historia de la salvación, como lo manifiesta muy bien, durante la misa, la aclamación paulina después de la consagración: «Anunciamos tu muerte; proclamamos tu resurrección; ¡ven, Señor Jesús!». Toda la Iglesia, tanto en Oriente como en Occidente, espera su venida. Los hijos e hijas del Líbano esperan su nueva venida. Todos vivimos el Adviento de los últimos tiempos de la historia y todos tratamos de preparar la venida de Cristo y construir el reino de Dios que él anunció.

4. La primera lectura de esta liturgia, tomada de los Hechos de los Apóstoles, nos recuerda el período que siguió a la Ascensión de Cristo al cielo, cuando los Apóstoles, siguiendo su recomendación, volvieron al cenáculo y allí permanecieron en oración, en compañía de la Madre de Jesús y los hermanos y hermanas de la comunidad primitiva, que fue el primer núcleo de la Iglesia (cf. Hch 1, 12-14). Cada año, después de la Ascensión, la Iglesia revive esta primera novena, la novena al Espíritu Santo. Los Apóstoles, reunidos en el cenáculo con la Madre de Cristo, oran para que se cumpla la promesa que les hizo Cristo resucitado: «Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo, que vendrá sobre vosotros, y seréis mis testigos» (Hch 1, 8). Esa primera novena apostólica al Espíritu Santo es el modelo de lo que hace la Iglesia todos los años.
La Iglesia ora así: «Veni, Creator Spiritus! ».

«Ven, Espíritu creador, visita nuestra mente, llena de tu gracia los corazones que has creado...».
Repito con emoción esta oración de la Iglesia universal juntamente con vosotros, queridos hermanos y hermanas, hijos e hijas del Líbano. Estamos seguros: el Espíritu Santo renovará la faz de vuestra tierra, renovará la paz en la tierra.

5. En la carta que leemos hoy, san Pedro escribe: «Alegraos en la medida en que participáis en los sufrimientos de Cristo, para que también os alegréis, alborozados, en la revelación de su gloria. Dichosos vosotros, si os ultrajan por el nombre de Cristo, pues el Espíritu de gloria, que es el Espíritu de Dios, reposa sobre vosotros» (1 P 4, 13-14).

A menudo se ha hablado del «Líbano mártir», sobre todo durante el período de la guerra que azotó vuestro país más de diez años. En este marco histórico, las palabras de san Pedro pueden aplicarse muy bien a todos los que han sufrido en esta tierra libanesa. El Apóstol escribe: «Alegraosen la medida en que participáis en los sufrimientos de Cristo» porque el Espíritu de Dios reposa en vosotros, y es el Espíritu de gloria (cf. ib.). No olvido que nos hallamos reunidos en las cercanías del centro histórico de Beirut, la plaza de los Mártires; pero vosotros la habéis llamado también plaza de la Libertad y plaza de la Unidad. Estoy seguro de que los sufrimientos de los años pasados no serán inútiles, sino que fortalecerán vuestra libertad y vuestra unidad.
Hoy la palabra de Jesús inspira nuestra oración. Oramos para que los que lloran sean consolados; para que los misericordiosos alcancen misericordia (cf. Mt 5, 5.7); para que, recibiendo el perdón del Padre, todos acepten a su vez perdonar las ofensas. Oramos para que los hijos e hijas de esta tierra sientan la felicidad de ser artífices de paz y sean llamados hijos de Dios (cf. Mt 5, 9). Si, mediante el sufrimiento, participamos en la pasión de Cristo, tendremos también parte en su gloria.

6. El Espíritu Santo, el Espíritu de Jesucristo, es un Espíritu de gloria. Oremos hoy para que esta gloria divina envuelva a todos los que en tierra libanesa experimentan el sufrimiento. Oremos para que se transforme en germen de fuerza espiritual para todos vosotros, para la Iglesia y para la nación, a fin de que el Líbano pueda desempeñar su misión en Oriente Medio, entre las naciones vecinas y con todas las naciones del mundo.

¡Espíritu de Dios, infunde tu luz y tu amor en los corazones, para llevar a cumplimiento la reconciliación entre las personas, en el seno de las familias, entre los vecinos, en las ciudades y en las aldeas, y dentro de las instituciones de la sociedad civil!

¡Espíritu de Dios, que tu fuerza reúna a todos los hijos de esta tierra, para que caminen juntos con valentía y tenacidad por la senda de la paz y la convivencia, respetando la dignidad y la libertad de las demás personas, con vistas al pleno desarrollo de cada uno y al bien de todo el país!

¡Espíritu de Dios, concede a las familias libanesas que desarrollen los dones de gracia del matrimonio! ¡Concede a los jóvenes que formen su personalidad con confianza y que tomen conciencia de sus responsabilidades en la Iglesia y en la ciudad!

¡Espíritu de Dios, haz que los fieles del Líbano consoliden la unidad de cada una de las Iglesias patriarcales y de toda la Iglesia católica que está en el Líbano! ¡Ayúdales a dar nuevos pasos por el camino de la plena unidad de todos los que han recibido el don de la fe en Cristo Salvador!

¡Espíritu de Dios, tú que eres llamado «Consolador, manantial vivo, fuego y caridad », manifiesta en este pueblo los frutos que se esperan de la Asamblea sinodal!

¡Espíritu de luz y amor, sé para los hijos e hijas del Líbano manantial de fuerza, de fuerza espiritual, especialmente en esta hora, en el umbral del tercer milenio cristiano! ¡Ven Espíritu de Dios! ¡Ven Espíritu Santo! Amén.

sábado, 10 de mayo de 1997

VIAJE APOSTÓLICO A BEIRUT
ENCUENTRO CON LOS JÓVENES EN EL SANTUARIO DE HARISA
DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
Sábado 10 de mayo de 1997

Queridos jóvenes del Líbano:
1. Me alegra particularmente encontrarme con vosotros esta tarde, durante mi viaje apostólico a vuestro país. Ante todo doy gracias al cardenal Nasrallah Pierre Sfeir, patriarca de Antioquía de los maronitas, por sus palabras de bienvenida, así como a monseñor Habib Bacha, presidente de la comisión episcopal para el apostolado de los laicos, por haberme presentado a la juventud del Líbano.

Queridos jóvenes, os agradezco las palabras que, a través de vuestros representantes, me vais a dirigir con franqueza y confianza. Comprendo las aspiraciones que os animan y vuestra impaciencia frente a la situación diaria que os parece difícil de cambiar. Descubro así los rostros de chicos y chicas que, con todo el ardor y el impulso de su juventud, tienen el profundo anhelo de mirar hacia el porvenir, pidiendo al Señor que les dé fuerza y valentía, que les comunique su amor y su esperanza, como vamos a implorar en la plegaria inicial de nuestra celebración. Constantemente, en los últimos años, os he sostenido con la oración, suplicando a Cristo que os asista en vuestro camino hacia la paz y en vuestra vida personal y social.

2. Vamos a escuchar el relato evangélico de los discípulos de Emaús. Su experiencia puede ayudaros, porque se asemeja a la de cada uno de vosotros. Entristecidos por los acontecimientos de la Semana santa, desorientados por la muerte de Jesús y defraudados por no poder realizar sus expectativas, los dos discípulos deciden abandonar Jerusalén el día de Pascua y volver a su aldea. La esperanza que había suscitado Cristo durante los tres años vividos con él en Tierra santa parecía haberse desvanecido con su muerte. Y sin embargo, mientras recorren ese camino, los peregrinos de Emaús recuerdan el mensaje del Señor, un mensaje de amor y de caridad fraterna, un mensaje de esperanza y de salvación. Conservan en su corazón el recuerdo de los hechos y los gestos que realizó durante su vida pública, desde las orillas del Jordán hasta el Gólgota, pasando por Tiro y Sidón.

Ambos se acuerdan de las palabras y los encuentros con el Señor, que manifestaba su ternura, su compasión y su amor hacia todo ser humano. Todos quedaban impresionados por su enseñanza y su bondad. Cristo sabía captar, por encima de la fealdad del pecado, la belleza interior del ser creado a imagen de Dios. Sabía percibir el deseo profundo de verdad y la sed de felicidad que anidan en el alma de toda persona. Con su mirada, con su mano extendida y su palabra de consuelo, Jesús llamaba a cada uno a levantarse después de haber caído, porque cada persona tiene un valor que supera lo que ha hecho y no hay pecado que no pueda ser perdonado. Así, recordando todo esto, los discípulos comienzan a meditar la buena nueva que trajo el Mesías.
Mientras los discípulos, a lo largo del camino de Emaús, reflexionan en la persona de Cristo, en su palabra y en su vida, el Resucitado mismo se les acerca y les revela la profundidad de las Escrituras, ayudándoles a descubrir el plan de Dios. Los acontecimientos de Jerusalén —la muerte en la cruz y la resurrección— traen la salvación a todo hombre. La muerte es vencida, el camino de la vida eterna queda definitivamente abierto. Pero los dos hombres no reconocen aún al Señor. Su corazón está ofuscado y turbado. Sólo al final del camino, cuando Jesús parte el pan, cuando repite el gesto de la Cena, memorial de su sacrificio, sus ojos se abren para aceptar la verdad: Jesús ha resucitado y los precede por los caminos del mundo. La esperanza no ha muerto. De inmediato, vuelven a Jerusalén a anunciar la buena nueva. Con la seguridad de estas promesas, también nosotros sabemos que Cristo está vivo y realmente presente en medio de sus hermanos, todos los días y hasta el final de los tiempos.

3. Cristo recorre sin cesar este camino de Emaús, este camino sinodal con su Iglesia. En efecto, la palabra sínodo significa caminar juntos. Cristo ha recorrido este camino junto con los pastores de la Iglesia católica del Líbano, durante la Asamblea especial que se celebró en Roma en noviembre y diciembre de 1995. Queridos jóvenes, quiere volver a recorrerlo también con vosotros. Porque el Sínodo de los obispos para el Líbano se realizó por vosotros: el futuro sois vosotros. Cuando cumplís vuestros quehaceres diarios, en el estudio o en el trabajo; cuando servís a vuestros hermanos; cuando compartís las dudas y las esperanzas; cuando meditáis la Escritura, solos o en la comunidad; cuando participáis en la Eucaristía, Cristo se acerca a vosotros, camina a vuestro lado: él es vuestra fuerza, vuestro alimento y vuestra luz.

Queridos jóvenes, en vuestra vida diaria, no tengáis miedo de que Cristo se os acerque, como hizo con los discípulos de Emaús. En la vida personal, en la vida eclesial, el Señor os acompaña e infunde en vosotros su esperanza. Cristo confía en vosotros, en que seáis responsables de vuestra existencia y de la de vuestros hermanos y hermanas, del futuro de la Iglesia en el Líbano y del futuro de vuestro país. Viva la paz. Hoy y mañana, Jesús os invita a dejar vuestros senderos para seguirlo a él, unidos con todos los fieles de la Iglesia católica y con todo el pueblo libanés.

4. Entonces, ¿aceptáis seguir a Cristo? Si aceptáis seguir a Cristo y dejaros conquistar por él, os mostrará que el misterio de su muerte y resurrección es la clave de lectura, por excelencia, de la vida cristiana y de la vida humana. En efecto, en toda existencia hay tiempos en que Dios parece guardar silencio, como en la noche del Jueves santo; tiempos de desconcierto, como el día del Viernes santo, en que Dios parece abandonar a los que ama; y tiempos de luz, como el alba de la mañana de Pascua, que vio la victoria definitiva de la vida sobre la muerte. A ejemplo de Cristo, que entregó su vida en manos del Padre, para hacer grandes cosas es preciso que pongáis vuestra confianza en Dios, porque, si contamos únicamente con nosotros mismos, nuestros proyectos ponen de manifiesto con demasiada frecuencia intereses particulares y parciales. Pero todo puede cambiar cuando se cuenta ante todo con el Señor, que viene a transformar, purificar y apaciguar nuestro interior. Los cambios a que aspiráis en vuestra tierra exigen, ante todo y sobre todo, cambios en los corazones.

5. En realidad, a vosotros corresponde hacer que caigan los muros que hayan podido surgir durante los dolorosos períodos de la historia de vuestra nación; no levantéis nuevos muros en vuestro país. Al contrario, debéis construir puentes entre las personas, entre las familias y entre las diversas comunidades. Espero que en la vida diaria realicéis gestos de reconciliación, para pasar de la desconfianza a la confianza. También debéis hacer que cada libanés, en especial cada joven, pueda participar en la vida social, en la casa común. Así nacerá una nueva fraternidad y se crearán sólidos vínculos, pues el arma principal y decisiva para la construcción del Líbano es el amor. Si acudís a la intimidad con el Señor, manantial del amor y de la paz, seréis también vosotros artífices de paz y de amor. Como dice Cristo, en esto nos reconocerán como sus discípulos.

La riqueza del Líbano sois vosotros, que tenéis sed de paz y fraternidad, y que anheláis comprometeros cada día en favor de esta tierra a la que estáis profundamente vinculados. Con vuestros padres, vuestros educadores y todos los adultos que tienen responsabilidades sociales y eclesiales, estáis llamados a preparar el Líbano del futuro, para hacer de él un pueblo unido, con su diversidad cultural y espiritual. El Líbano es una herencia llena de promesas. Esforzaos por adquirir una sólida educación cívica y moral, para ser plenamente conscientes de vuestras responsabilidades en la reconstrucción nacional. Uno de los elementos que contribuyen a la unidad en el seno de una nación es el sentido del diálogo con todos los hermanos, respetando las sensibilidades específicas y las diferentes historias comunitarias. En vez de alejar a las personas unas de otras, esta actitud fundamental de apertura es uno de los elementos morales esenciales de la vida democrática y uno de los instrumentos esenciales del desarrollo de la solidaridad, para rehacer el entramado social y para dar nuevo impulso a la vida nacional.

6. Para manifestaros mi estima y mi confianza, dentro de algunos instantes, al final de la homilía, firmaré ante vosotros la exhortación apostólica postsinodal. Con vuestras reflexiones habéis dado una notable contribución a la preparación de la Asamblea, en la que habéis sido representados y escuchados. Hoy, yo os escojo como testigos privilegiados y como depositarios del mensaje de renovación que necesitan la Iglesia y vuestro país. Os exhorto a tomar con empeño parte activa en la aplicación de las orientaciones de la Asamblea sinodal. Con los patriarcas y los obispos, pastores de la grey; con los sacerdotes, los religiosos y las religiosas; y con todo el pueblo cristiano, tenéis la misión de ser testigos del Resucitado con las palabras y con toda vuestra vida. En la comunidad cristiana cada uno de vosotros está llamado a asumir una parte de responsabilidad. Escuchando a Cristo que os llama y que quiere garantizar el éxito de vuestra existencia, responderéis a vuestra vocación particular, en el sacerdocio, en la vida consagrada o en el matrimonio. En cualquier estado de vida, comprometerse a seguir al Señor es fuente de gran alegría.

La iglesia en que nos encontramos está situada en la cima del monte: la pueden contemplar fácilmente los habitantes de Beirut y de la región, y los visitantes que llegan a vuestra tierra. Del mismo modo, ¡ojalá que también vuestro testimonio sea para vuestros amigos un ejemplo luminoso! No olvidéis vuestra identidad cristiana y vuestra condición de discípulos del Señor. Es vuestra gloria, es vuestra esperanza y es vuestra misión. Recibid la Exhortación como un don que la Iglesia universal hace a la Iglesia que está en el Líbano y a vuestro país, con la certeza de que vuestro dinamismo y vuestra valentía darán lugar a transformaciones profundas en vosotros y en la sociedad entera. Tened fe y esperanza en Cristo. Con él no quedaréis defraudados.

7. Pidamos a la Virgen María, Nuestra Señora del Líbano, que vele por vuestro país y por sus habitantes, y que os asista con su ternura maternal, para que seáis los dignos herederos de los santos de vuestra tierra. Así contribuiréis a hacer que vuelva a florecer el Líbano, país que forma parte de los santos lugares que Dios ama, porque vino a poner aquí su morada y a recordarnos que debemos construir la ciudad terrena con la mirada puesta en los valores del Reino.