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jueves, 21 de octubre de 1982

DISCURSO DE SU SANTIDAD JUAN PABLO II
AL PRESIDENTE DE LA REPÚBLICA DEL LÍBANO*
Jueves 21 de octubre de 1982

Señor Presidente:
La visita que hace usted hoy, Excmo. Señor, a la Sede Apostólica me es particularmente grata y se me presenta cargada de hondo significado en un momento decisivo para la vida e historia del Líbano.

Cuando la crisis trágica que azota su País desde hace más de siete años parecía en su punto álgido con el sitio de Beirut y el atroz asesinato del Presidente electo Béchir Gemayel —y permítame que le diga enseguida cuánto comparto su dolor personal, la pena de sus padres Cheikh Pierre y esposa, y la de su cuñada que ha quedado viuda con dos niños—, entonces, digo, se produjo en el pueblo libanés como un despertar de amor a la patria y espíritu fraterno qué impulsó a los Representantes legítimos, los Diputados de la Asamblea nacional, a unirse para elegirle Presidente de la República.
Al mismo tiempo, usted mismo y sus conciudadanos pudieron constatar que a este espíritu de consenso de los libaneses hacía eco el interés cordial y concreto de los Países amigos no sólo de la región de Oriente Medio, sino también de distintas partes del mundo y de la comunidad internacional.

Entre los “amigos del Líbano” se cuenta —no hay quien lo dude— la Santa Sede. Y no vacilo en afirmar que el afecto e interés que nutre hacia el Líbano revisten un carácter enteramente particular y se han manifestado de muchos modos y desde hace tiempo, pero sobre todo en estos años dolorosos.

Seguramente recuerda usted, Excmo. Señor, los gestos tan impresionantes del venerado Papa Pablo VI hacia su País, y la intervención excepcional de los cardenales en vísperas del Cónclave de octubre de 1978, cuando enviaron mensajes a los responsables para que cesaran los combates en el suelo libanés. En los cuatro años de mi pontificado he tenido constante preocupación por la suerte del Líbano, y no puedo olvidar en particular mi encuentro con su ilustre predecesor, el Excmo. Sr. Don Elías Sarkis. Quiero aludir también a la misión llevada a cabo en el Líbano por el Cardenal Paolo Bertoli, antiguo Nuncio Apostólico en su País, y la visita que hizo mi Secretario de Estado, Cardenal Agostino Casaroli.

¿Por qué tiene un interés tan especial por el Líbano la Santa Sede? Respondo: En primer lugar, no puedo olvidar que en esa tierra se halla la comunidad maronita floreciente en extremo, radicada desde hace siglos en la áspera montaña libanesa y guiada hoy por su Patriarca, mi hermano muy amado Antoine Pierre Khoraiche. Esta comunidad, de la que usted mismo forma parte, ha dado a la Iglesia grandes figuras de Santos. Siempre ha estado unida a la Sede Apostólica con vínculos estrechos. Y precisamente esta comunidad ha desempeñado un papel decisivo en la independencia del Líbano. Y también porque los maronitas y demás comunidades cristianas dan espléndido testimonio evangélico que irradia por todo Oriente Medio, cuna de las tres grandes religiones monoteístas. Y, en fin, porque el Líbano ha sido y seguirá siendo —expreso esta convicción con gran esperanza— un País de vida en común y colaboración entre comunidades étnicas y religiosas diferentes; entre cristianos, católicos, ortodoxos y demás, por una parte, y musulmanes, sunnitas, chiítas y drusos, por otra. Es decir, comunidades religiosas, todas ellas, que han salvaguardado su identidad y de este modo toman parte adecuadamente en instituciones y actividades conjuntas y en el bien general de la Patria.

No se le ocultan, Excmo. Señor, las dificultades que entraña el cargo que se le ha confiado, sobre todo en estos momentos. Se trata, en efecto, de recobrar la independencia real y la soberanía plena del Estado libanés sobre la totalidad de su territorio nacional. Además, existen los problemas de la reconstrucción material y sobre todo social y moral del país; entre otras cosas, pienso en la cancelación de los odios engendrados por la guerra y en el restablecimiento del espíritu de laboriosidad intensa y pacífica de todos los libaneses, y en especial de los jóvenes.

Pone usted, Excmo. Señor, en primer plano de su programa, la reconciliación plena de todos sus conciudadanos, que deben llegar a sentirse iguales tanto en sus derechos como en sus deberes con la Patria, mientras siguen manteniendo los vínculos con sus comunidades respectivas. Así surgirá el nuevo Líbano al que el mundo mirará cual pueblo antiguo, sin duda, por su civilización y religión y, a la vez, capaz de ofrecer hoy a todos los pueblos un ejemplo magnífico de dinamismo, cultura y espiritualidad, con la colaboración de todos sus hijos, incluso de los que viven fuera.

Finalmente, quisiera comunicarle un deseo que sé que no dejará de tener resonancia en el noble corazón de los libaneses y, en particular, en el de mis hijos católicos, a los que dirijo desde aquí un llamamiento apremiante a este respecto. Tengo confianza de que, con el pleno apoyo de todo el pueblo libanés, su Gobierno, Excmo. Señor, contribuya activamente a la solución definitiva de la crisis de Oriente Medio y al arreglo del problema del pueblo palestino, a la vez que se ocupa de la obra de levantar el País.

El Líbano será capaz de hacerlo dinámica y concretamente; prosiguiendo en el camino que le es propio desde su independencia, su País podrá dedicarse a allanar las profundas divergencias que todavía subsisten entre las partes en conflicto.

Con el espíritu y el corazón dirigidos a está visión de paz me complazco en renovarle, Excmo. Señor, mis votos más fervientes por el éxito de su altísima misión. Puedo asegurarle que para el desempeño de ésta cuenta usted con la ayuda cordial y desinteresada de la Santa Sede en los campos en que le es posible actuar y con los medios que le son propios. Crea también, Señor Presidente, que mis oraciones le acompañan, y se elevan a Dios Todopoderoso y a Nuestra Señora del Líbano, para que su Patria abra una nueva página de su historia e irradie por el mundo su imagen de País bendecido por el Altísimo, rica en civilización, espiritualidad y paz.

*L'Osservatore Romano. Edición semanal en lengua española 1983 n. 2, p.4.