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miércoles, 24 de mayo de 2000

Mensaje del santo padre Juan Pablo II al patriarca de antioquía de los maronitas

MENSAJE DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
AL PATRIARCA DE ANTIOQUÍA DE LOS MARONITAS

A Su Beatitud el cardenal
Nasrallah-Pierre Sfeir
Patriarca de Antioquía de los maronitas

Informado de la evolución de los acontecimientos en su país, quiero expresarle mi solidaridad e invitar a todos los cristianos a sentirse solidarios con las poblaciones que, en el sur del Líbano, temen por su futuro a causa de la situación que se ha creado en estos últimos días.

Deseo recordar a todos los responsables el grave deber que les incumbe de respetar el derecho de las personas y de los pueblos, y evitar actos que pondrían en peligro la vida de las personas y la convivencia entre las comunidades.

Pido a Dios que ilumine las mentes y los corazones, para que se ahorre a todas las poblaciones civiles nuevas matanzas y se garantice la soberanía de cada país, de manera que todos miren al futuro con serena esperanza.

Como prenda de consuelo le envío a usted, señor cardenal, la bendición apostólica, así como a todos los fieles de Cristo, implorando a Dios que derrame la abundancia de sus beneficios sobre todos los libaneses.

Vaticano, 24 de mayo de 2000



miércoles, 11 de febrero de 1998

Exigen culminar construcción de Iglesia

La edificación de la Orden Libanesa Maronita fue suspendida por mandato de un Juez, y la comunidad católica cree que es un atropello 
EXIGEN CULMINAR CONSTRUCCIÓN DE IGLESIA 


Caracas.- Una serie de acciones judiciales emprenderán los representantes legales de la Asociación Católica Maronita en Venezuela, a fin de poder reanudar la construcción de la iglesia San Charbel, ubicada en el bulevar Francisco de Miranda, Quebrada Honda, cuya edificación fue paralizada, por órdenes del juez II Civil, Mercantil del Area Metropolitana de Caracas, Humberto Mendoza D'Paola, desde el pasado 18 de diciembre de 1997.

Mauricio Torbay, representante de la Orden Libanesa Maronita (fiel seguidora de la tradición monástica fundada por San Marón hace 15 siglos y ha sido durante 1.500 años la difusora de sus mensajes) aseguró que acudirán al Arzobispado a solicitar su intervención, pues consideran que 'es un atropello que no pueden aceptar. La decisión del juez va contra la religión que nosotros profesamos, que es la misma que profesa la mayoría de los venezolanos'.

Arquitecto turista

Iván Sánchez y Santiago Georges, asesores legales de la Orden Libanesa Maronita explicaron que todo se inició cuando Michael McCool, arquitecto norteamericano, con visa de turista, ofrece sus servicios profesionales gratuitamente para diseñar el templo.

Aclara que su aporte será una donación, pero advierte que si se llegan a usar otros planos diferentes a los concebidos por él debían darle una compensación.

El supuesto profesional nunca entregó los planos y en consecuencia la iglesia es edificada bajo otro diseño.

Sorpresivamente, el ciudadano norteamericano presentó una demanda multimillonaria ante el Tribunal II Civil, Mercantil y pide que le cancelen un millón 300 mil dólares por sus servicios.

El juez acordó un embargo ejecutivo sobre la iglesia 'y por principio jurídico las iglesias no pueden embargarse porque son bienes de dominio público', aclaró Georges.

Por su parte, Iván Sánchez aclaró que se decretó el embargo sin haber demostrado las condiciones necesarias para ejecutarlo. Por otra parte, el juez debió hacer la notificación ante la Procuraduría General de la República porque se trataba de un bien de servicio público. Asimismo, el acto debe considerarse nulo, pues el depositario judicial designado por el tribunal no se juramentó. Recordó que ya acudieron al Consejo de la Judicatura donde denunciaron al juez por error inexcusable.

Fuente: http://www.eluniversal.com/1998/02/11/ccs_art_11402AA
Hercilia Garnica
El Universal

domingo, 11 de mayo de 1997

VIAJE APOSTÓLICO A BEIRUT
CEREMONIA DE DESPEDIDA
DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II Domingo 11 de mayo de 1997

Señor presidente de la República:
1. Al concluir mi visita pastoral a su país, ha querido venir a despedirme con la delicadeza y el sentido de acogida que forman parte de la tradición libanesa. Deseo manifestarle, una vez más, mi gratitud por la acogida que me ha dispensado y por las medidas tomadas, que han favorecido el desarrollo de los diversos encuentros que he celebrado. Mi agradecimiento se extiende a las autoridades civiles y militares, a los responsables de las diversas Iglesias y comunidades eclesiales, por sus atenciones durante los dos días que he pasado en este hermoso país, tan cercano a mi corazón. Expreso, asimismo, mi viva gratitud y mi reconocimiento a los miembros de los servicios de seguridad, y a todos los voluntarios que, con generosidad, eficacia y discreción, han contribuido al éxito de mi visita.

2. A lo largo de las celebraciones y los diversos encuentros que he tenido, he constatado el profundo amor que los católicos libaneses y todos sus compatriotas sienten hacia su patria, así como su apego a su cultura y tradiciones. Se han mantenido fieles a su tierra y a su patrimonio en numerosas circunstancias, y siguen manifestando hoy esa misma fidelidad. Los exhorto a proseguir por ese camino, dando en esta región y en el mundo un ejemplo de convivencia entre las culturas y entre las religiones, en una sociedad donde todas las personas y las diferentes comunidades cuentan con igual consideración.

3. Antes de dejar vuestra tierra, renuevo mi llamamiento a las autoridades y a todo el pueblo libanés, para que se desarrolle un nuevo orden social, fundado en los valores morales esenciales, con el propósito de garantizar la prioridad de la persona y de los grupos humanos en la vida nacional y en las decisiones comunitarias; esa atención al hombre, que pertenece por naturaleza al alma libanesa, dará frutos de paz en el país y en la región. Exhorto a los dirigentes de las naciones a respetar el derecho internacional, particularmente en Oriente Medio, para que se garanticen la soberanía, la autonomía legítima y la seguridad de los Estados, y se respeten el derecho y las comprensibles aspiraciones de los pueblos.

A la vez que manifiesto mi aprecio por los esfuerzos de la comunidad internacional en la región, expreso mi deseo de que el proceso para buscar una paz justa y duradera siga siendo sostenido con decisión, valentía y coherencia. Asimismo, hago votos para que esos esfuerzos prosigan y se intensifiquen, a fin de sostener el crecimiento del país y el camino de los libaneses hacia una sociedad cada vez más democrática, en una plena independencia de sus instituciones y en el reconocimiento de sus fronteras, condiciones indispensables para garantizar su integridad. Pero nada se podrá lograr si no se comprometen todos los ciudadanos del país, cada uno realizando la parte que le corresponda, por el camino de la justicia, la equidad y la paz en la vida política, económica y social, así como en la participación en las responsabilidades dentro de la vida social.

4. Deseo expresar, una vez más, mi viva gratitud a los patriarcas, a los obispos libaneses, a los sacerdotes, a los religiosos y las religiosas, así como a los laicos de la Iglesia católica, que han preparado con intensidad mi visita. A todos les he entregado la exhortación apostólica postsinodal, para que les sirva de guía y apoyo en su camino espiritual y en sus compromisos al lado de sus hermanos. Agradeciendo la acogida de los católicos libaneses, cuya vitalidad pastoral he podido apreciar, quisiera asegurarles mi afecto y mi profunda comunión espiritual, invitándolos a ser testigos misericordiosos del amor de Dios y mensajeros de paz y fraternidad.

Mi respetuoso saludo se dirige también a los líderes de las demás Iglesias y comunidades eclesiales, a todos los cristianos de las demás confesiones y a los creyentes del islam, deseando que todos prosigan el diálogo religioso y la colaboración, para manifestar que las convicciones religiosas son fuente de fraternidad y para testimoniar que es posible una vida de convivencia, por amor a Dios, a sus hermanos y a su patria.

A través de usted, señor presidente, saludo y doy las gracias a todos los libaneses, formulándoles mis mejores deseos de paz y prosperidad. Que su nación, cuyos montes son como un faro en la costa, dé a los países de la región un testimonio de cohesión social y de buen entendimiento entre todos sus componentes culturales y religiosos.
Renovándole mi gratitud, invoco sobre todos sus compatriotas la abundancia de las bendiciones divinas.

VIAJE APOSTÓLICO A BEIRUT
SANTA MISA EN LA EXPLANADA DE LA PLAZA DE LOS MÁRTIRES
HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II 
Domingo 11 de mayo
 de 1997

1. Hoy, saludo al Líbano. Ya desde hace mucho tiempo deseaba venir a vosotros, y por muchas razones. He llegado, por fin, a vuestro país para concluir la Asamblea especial para el Líbano del Sínodo de los obispos. Hace casi dos años la Asamblea sinodal realizó sus trabajos en Roma. Pero su parte solemne, la publicación del documento postsinodal, tiene lugar ahora, aquí en el Líbano. Estas circunstancias me permiten estar en vuestra tierra por primera vez y manifestaros el amor que la Iglesia y la Sede apostólica sienten hacia vuestra nación y hacia todos los libaneses: hacia los católicos de los diversos ritos —maronita, melquita, armenio, caldeo, sirio y latino—, hacia los fieles que pertenecen a las demás Iglesias cristianas, así como a los musulmanes y drusos, que creen en el único Dios. Desde lo más profundo de mi corazón, os saludo a todos en esta circunstancia tan importante. Queremos ahora presentar a Dios los frutos del Sínodo para el Líbano.

Agradezco al señor cardenal Nasrallah Pierre Sfeir, patriarca maronita, las palabras de acogida que me ha dirigido en nombre de todos vosotros. Asimismo, doy las gracias a los cardenales que me acompañan: con su presencia ponen de relieve el afecto de la Sede apostólica hacia el Líbano. Saludo a los patriarcas y a los obispos presentes, al igual que a todas las personas que han tomado parte en los trabajos del Sínodo para el Líbano. Me alegra saludar a los patriarcas y a los ilustres representantes de las demás Iglesias y comunidades eclesiales, en particular a los delegados fraternos que participaron en el Sínodo y que han querido asociarse a esta fiesta de sus hermanos católicos. Dirijo un cordial saludo también a las personalidades musulmanas y drusas. Con deferencia, expreso mi agradecimiento al señor presidente de la República, al señor presidente del Parlamento, al señor presidente del Consejo de ministros, así como a las autoridades del Estado por su presencia en esta celebración litúrgica.

2. En esta asamblea extraordinaria queremos declarar ante el mundo la importancia del Líbano, su misión histórica, realizada a través de los siglos. En efecto, país de numerosas confesiones religiosas, ha demostrado que estas diferentes confesiones pueden convivir en paz, en fraternidad y en colaboración; ha demostrado que se puede respetar el derecho de todo hombre a la libertad religiosa; que todos están unidos en el amor a esta patria que maduró en el curso de los siglos, conservando la herencia espiritual de los padres, especialmente del monje san Marón.

3. Nos encontramos en la región que los pies de Cristo, Salvador del mundo, pisaron hace dos mil años. La sagrada Escritura nos informa de que Jesús salió a predicar fuera de los límites de la Palestina de entonces, y visitó también el territorio de las diez ciudades de la Decápolis, en particular Tiro y Sidón, y que en ellas realizó milagros. Hermanos y hermanas libaneses, el Hijo mismo de Dios fue el primer evangelizador de vuestros antepasados. Se trata de un privilegio extraordinario.

Hablando de Tiro y Sidón, no puedo menos de mencionar los grandes sufrimientos que han padecido sus poblaciones. Hoy pido a Jesús que ponga fin a estos dolores y le imploro la gracia de una paz justa y definitiva en Oriente Medio, con el respeto de los derechos y las aspiraciones de todos.

Al escuchar el evangelio de hoy, que presenta el pasaje de las ocho bienaventuranzas recogidas en el sermón de la Montaña, no podemos olvidar que el eco de estas palabras de salvación, pronunciadas un día en Galilea, llegó pronto hasta acá. Los autores del Antiguo Testamento se referían a menudo en sus escritos a los montes del Líbano y del Hermón, que veían en el horizonte. Así pues, el Líbano es un país bíblico. Dado que se encontraba muy cerca de los lugares donde Jesús cumplió su misión, fue uno de los primeros en recibir la buena nueva. La buena nueva que vuestros antepasados recibieron directamente del Salvador.

Ciertamente, vuestros antepasados conocieron, mediante la predicación apostólica, y en particular a través de las misiones de san Pablo, la historia de la salvación, los acontecimientos que se sucedieron desde el domingo de Ramos hasta el domingo de Pascua, pasando por el Viernes santo. Cristo fue crucificado y colocado en la tumba, pero resucitó al tercer día. El misterio pascual de Jesucristo constituye el centro mismo de la historia de la salvación, como lo manifiesta muy bien, durante la misa, la aclamación paulina después de la consagración: «Anunciamos tu muerte; proclamamos tu resurrección; ¡ven, Señor Jesús!». Toda la Iglesia, tanto en Oriente como en Occidente, espera su venida. Los hijos e hijas del Líbano esperan su nueva venida. Todos vivimos el Adviento de los últimos tiempos de la historia y todos tratamos de preparar la venida de Cristo y construir el reino de Dios que él anunció.

4. La primera lectura de esta liturgia, tomada de los Hechos de los Apóstoles, nos recuerda el período que siguió a la Ascensión de Cristo al cielo, cuando los Apóstoles, siguiendo su recomendación, volvieron al cenáculo y allí permanecieron en oración, en compañía de la Madre de Jesús y los hermanos y hermanas de la comunidad primitiva, que fue el primer núcleo de la Iglesia (cf. Hch 1, 12-14). Cada año, después de la Ascensión, la Iglesia revive esta primera novena, la novena al Espíritu Santo. Los Apóstoles, reunidos en el cenáculo con la Madre de Cristo, oran para que se cumpla la promesa que les hizo Cristo resucitado: «Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo, que vendrá sobre vosotros, y seréis mis testigos» (Hch 1, 8). Esa primera novena apostólica al Espíritu Santo es el modelo de lo que hace la Iglesia todos los años.
La Iglesia ora así: «Veni, Creator Spiritus! ».

«Ven, Espíritu creador, visita nuestra mente, llena de tu gracia los corazones que has creado...».
Repito con emoción esta oración de la Iglesia universal juntamente con vosotros, queridos hermanos y hermanas, hijos e hijas del Líbano. Estamos seguros: el Espíritu Santo renovará la faz de vuestra tierra, renovará la paz en la tierra.

5. En la carta que leemos hoy, san Pedro escribe: «Alegraos en la medida en que participáis en los sufrimientos de Cristo, para que también os alegréis, alborozados, en la revelación de su gloria. Dichosos vosotros, si os ultrajan por el nombre de Cristo, pues el Espíritu de gloria, que es el Espíritu de Dios, reposa sobre vosotros» (1 P 4, 13-14).

A menudo se ha hablado del «Líbano mártir», sobre todo durante el período de la guerra que azotó vuestro país más de diez años. En este marco histórico, las palabras de san Pedro pueden aplicarse muy bien a todos los que han sufrido en esta tierra libanesa. El Apóstol escribe: «Alegraosen la medida en que participáis en los sufrimientos de Cristo» porque el Espíritu de Dios reposa en vosotros, y es el Espíritu de gloria (cf. ib.). No olvido que nos hallamos reunidos en las cercanías del centro histórico de Beirut, la plaza de los Mártires; pero vosotros la habéis llamado también plaza de la Libertad y plaza de la Unidad. Estoy seguro de que los sufrimientos de los años pasados no serán inútiles, sino que fortalecerán vuestra libertad y vuestra unidad.
Hoy la palabra de Jesús inspira nuestra oración. Oramos para que los que lloran sean consolados; para que los misericordiosos alcancen misericordia (cf. Mt 5, 5.7); para que, recibiendo el perdón del Padre, todos acepten a su vez perdonar las ofensas. Oramos para que los hijos e hijas de esta tierra sientan la felicidad de ser artífices de paz y sean llamados hijos de Dios (cf. Mt 5, 9). Si, mediante el sufrimiento, participamos en la pasión de Cristo, tendremos también parte en su gloria.

6. El Espíritu Santo, el Espíritu de Jesucristo, es un Espíritu de gloria. Oremos hoy para que esta gloria divina envuelva a todos los que en tierra libanesa experimentan el sufrimiento. Oremos para que se transforme en germen de fuerza espiritual para todos vosotros, para la Iglesia y para la nación, a fin de que el Líbano pueda desempeñar su misión en Oriente Medio, entre las naciones vecinas y con todas las naciones del mundo.

¡Espíritu de Dios, infunde tu luz y tu amor en los corazones, para llevar a cumplimiento la reconciliación entre las personas, en el seno de las familias, entre los vecinos, en las ciudades y en las aldeas, y dentro de las instituciones de la sociedad civil!

¡Espíritu de Dios, que tu fuerza reúna a todos los hijos de esta tierra, para que caminen juntos con valentía y tenacidad por la senda de la paz y la convivencia, respetando la dignidad y la libertad de las demás personas, con vistas al pleno desarrollo de cada uno y al bien de todo el país!

¡Espíritu de Dios, concede a las familias libanesas que desarrollen los dones de gracia del matrimonio! ¡Concede a los jóvenes que formen su personalidad con confianza y que tomen conciencia de sus responsabilidades en la Iglesia y en la ciudad!

¡Espíritu de Dios, haz que los fieles del Líbano consoliden la unidad de cada una de las Iglesias patriarcales y de toda la Iglesia católica que está en el Líbano! ¡Ayúdales a dar nuevos pasos por el camino de la plena unidad de todos los que han recibido el don de la fe en Cristo Salvador!

¡Espíritu de Dios, tú que eres llamado «Consolador, manantial vivo, fuego y caridad », manifiesta en este pueblo los frutos que se esperan de la Asamblea sinodal!

¡Espíritu de luz y amor, sé para los hijos e hijas del Líbano manantial de fuerza, de fuerza espiritual, especialmente en esta hora, en el umbral del tercer milenio cristiano! ¡Ven Espíritu de Dios! ¡Ven Espíritu Santo! Amén.

sábado, 10 de mayo de 1997

VIAJE APOSTÓLICO A BEIRUT
ENCUENTRO CON LOS JÓVENES EN EL SANTUARIO DE HARISA
DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
Sábado 10 de mayo de 1997

Queridos jóvenes del Líbano:
1. Me alegra particularmente encontrarme con vosotros esta tarde, durante mi viaje apostólico a vuestro país. Ante todo doy gracias al cardenal Nasrallah Pierre Sfeir, patriarca de Antioquía de los maronitas, por sus palabras de bienvenida, así como a monseñor Habib Bacha, presidente de la comisión episcopal para el apostolado de los laicos, por haberme presentado a la juventud del Líbano.

Queridos jóvenes, os agradezco las palabras que, a través de vuestros representantes, me vais a dirigir con franqueza y confianza. Comprendo las aspiraciones que os animan y vuestra impaciencia frente a la situación diaria que os parece difícil de cambiar. Descubro así los rostros de chicos y chicas que, con todo el ardor y el impulso de su juventud, tienen el profundo anhelo de mirar hacia el porvenir, pidiendo al Señor que les dé fuerza y valentía, que les comunique su amor y su esperanza, como vamos a implorar en la plegaria inicial de nuestra celebración. Constantemente, en los últimos años, os he sostenido con la oración, suplicando a Cristo que os asista en vuestro camino hacia la paz y en vuestra vida personal y social.

2. Vamos a escuchar el relato evangélico de los discípulos de Emaús. Su experiencia puede ayudaros, porque se asemeja a la de cada uno de vosotros. Entristecidos por los acontecimientos de la Semana santa, desorientados por la muerte de Jesús y defraudados por no poder realizar sus expectativas, los dos discípulos deciden abandonar Jerusalén el día de Pascua y volver a su aldea. La esperanza que había suscitado Cristo durante los tres años vividos con él en Tierra santa parecía haberse desvanecido con su muerte. Y sin embargo, mientras recorren ese camino, los peregrinos de Emaús recuerdan el mensaje del Señor, un mensaje de amor y de caridad fraterna, un mensaje de esperanza y de salvación. Conservan en su corazón el recuerdo de los hechos y los gestos que realizó durante su vida pública, desde las orillas del Jordán hasta el Gólgota, pasando por Tiro y Sidón.

Ambos se acuerdan de las palabras y los encuentros con el Señor, que manifestaba su ternura, su compasión y su amor hacia todo ser humano. Todos quedaban impresionados por su enseñanza y su bondad. Cristo sabía captar, por encima de la fealdad del pecado, la belleza interior del ser creado a imagen de Dios. Sabía percibir el deseo profundo de verdad y la sed de felicidad que anidan en el alma de toda persona. Con su mirada, con su mano extendida y su palabra de consuelo, Jesús llamaba a cada uno a levantarse después de haber caído, porque cada persona tiene un valor que supera lo que ha hecho y no hay pecado que no pueda ser perdonado. Así, recordando todo esto, los discípulos comienzan a meditar la buena nueva que trajo el Mesías.
Mientras los discípulos, a lo largo del camino de Emaús, reflexionan en la persona de Cristo, en su palabra y en su vida, el Resucitado mismo se les acerca y les revela la profundidad de las Escrituras, ayudándoles a descubrir el plan de Dios. Los acontecimientos de Jerusalén —la muerte en la cruz y la resurrección— traen la salvación a todo hombre. La muerte es vencida, el camino de la vida eterna queda definitivamente abierto. Pero los dos hombres no reconocen aún al Señor. Su corazón está ofuscado y turbado. Sólo al final del camino, cuando Jesús parte el pan, cuando repite el gesto de la Cena, memorial de su sacrificio, sus ojos se abren para aceptar la verdad: Jesús ha resucitado y los precede por los caminos del mundo. La esperanza no ha muerto. De inmediato, vuelven a Jerusalén a anunciar la buena nueva. Con la seguridad de estas promesas, también nosotros sabemos que Cristo está vivo y realmente presente en medio de sus hermanos, todos los días y hasta el final de los tiempos.

3. Cristo recorre sin cesar este camino de Emaús, este camino sinodal con su Iglesia. En efecto, la palabra sínodo significa caminar juntos. Cristo ha recorrido este camino junto con los pastores de la Iglesia católica del Líbano, durante la Asamblea especial que se celebró en Roma en noviembre y diciembre de 1995. Queridos jóvenes, quiere volver a recorrerlo también con vosotros. Porque el Sínodo de los obispos para el Líbano se realizó por vosotros: el futuro sois vosotros. Cuando cumplís vuestros quehaceres diarios, en el estudio o en el trabajo; cuando servís a vuestros hermanos; cuando compartís las dudas y las esperanzas; cuando meditáis la Escritura, solos o en la comunidad; cuando participáis en la Eucaristía, Cristo se acerca a vosotros, camina a vuestro lado: él es vuestra fuerza, vuestro alimento y vuestra luz.

Queridos jóvenes, en vuestra vida diaria, no tengáis miedo de que Cristo se os acerque, como hizo con los discípulos de Emaús. En la vida personal, en la vida eclesial, el Señor os acompaña e infunde en vosotros su esperanza. Cristo confía en vosotros, en que seáis responsables de vuestra existencia y de la de vuestros hermanos y hermanas, del futuro de la Iglesia en el Líbano y del futuro de vuestro país. Viva la paz. Hoy y mañana, Jesús os invita a dejar vuestros senderos para seguirlo a él, unidos con todos los fieles de la Iglesia católica y con todo el pueblo libanés.

4. Entonces, ¿aceptáis seguir a Cristo? Si aceptáis seguir a Cristo y dejaros conquistar por él, os mostrará que el misterio de su muerte y resurrección es la clave de lectura, por excelencia, de la vida cristiana y de la vida humana. En efecto, en toda existencia hay tiempos en que Dios parece guardar silencio, como en la noche del Jueves santo; tiempos de desconcierto, como el día del Viernes santo, en que Dios parece abandonar a los que ama; y tiempos de luz, como el alba de la mañana de Pascua, que vio la victoria definitiva de la vida sobre la muerte. A ejemplo de Cristo, que entregó su vida en manos del Padre, para hacer grandes cosas es preciso que pongáis vuestra confianza en Dios, porque, si contamos únicamente con nosotros mismos, nuestros proyectos ponen de manifiesto con demasiada frecuencia intereses particulares y parciales. Pero todo puede cambiar cuando se cuenta ante todo con el Señor, que viene a transformar, purificar y apaciguar nuestro interior. Los cambios a que aspiráis en vuestra tierra exigen, ante todo y sobre todo, cambios en los corazones.

5. En realidad, a vosotros corresponde hacer que caigan los muros que hayan podido surgir durante los dolorosos períodos de la historia de vuestra nación; no levantéis nuevos muros en vuestro país. Al contrario, debéis construir puentes entre las personas, entre las familias y entre las diversas comunidades. Espero que en la vida diaria realicéis gestos de reconciliación, para pasar de la desconfianza a la confianza. También debéis hacer que cada libanés, en especial cada joven, pueda participar en la vida social, en la casa común. Así nacerá una nueva fraternidad y se crearán sólidos vínculos, pues el arma principal y decisiva para la construcción del Líbano es el amor. Si acudís a la intimidad con el Señor, manantial del amor y de la paz, seréis también vosotros artífices de paz y de amor. Como dice Cristo, en esto nos reconocerán como sus discípulos.

La riqueza del Líbano sois vosotros, que tenéis sed de paz y fraternidad, y que anheláis comprometeros cada día en favor de esta tierra a la que estáis profundamente vinculados. Con vuestros padres, vuestros educadores y todos los adultos que tienen responsabilidades sociales y eclesiales, estáis llamados a preparar el Líbano del futuro, para hacer de él un pueblo unido, con su diversidad cultural y espiritual. El Líbano es una herencia llena de promesas. Esforzaos por adquirir una sólida educación cívica y moral, para ser plenamente conscientes de vuestras responsabilidades en la reconstrucción nacional. Uno de los elementos que contribuyen a la unidad en el seno de una nación es el sentido del diálogo con todos los hermanos, respetando las sensibilidades específicas y las diferentes historias comunitarias. En vez de alejar a las personas unas de otras, esta actitud fundamental de apertura es uno de los elementos morales esenciales de la vida democrática y uno de los instrumentos esenciales del desarrollo de la solidaridad, para rehacer el entramado social y para dar nuevo impulso a la vida nacional.

6. Para manifestaros mi estima y mi confianza, dentro de algunos instantes, al final de la homilía, firmaré ante vosotros la exhortación apostólica postsinodal. Con vuestras reflexiones habéis dado una notable contribución a la preparación de la Asamblea, en la que habéis sido representados y escuchados. Hoy, yo os escojo como testigos privilegiados y como depositarios del mensaje de renovación que necesitan la Iglesia y vuestro país. Os exhorto a tomar con empeño parte activa en la aplicación de las orientaciones de la Asamblea sinodal. Con los patriarcas y los obispos, pastores de la grey; con los sacerdotes, los religiosos y las religiosas; y con todo el pueblo cristiano, tenéis la misión de ser testigos del Resucitado con las palabras y con toda vuestra vida. En la comunidad cristiana cada uno de vosotros está llamado a asumir una parte de responsabilidad. Escuchando a Cristo que os llama y que quiere garantizar el éxito de vuestra existencia, responderéis a vuestra vocación particular, en el sacerdocio, en la vida consagrada o en el matrimonio. En cualquier estado de vida, comprometerse a seguir al Señor es fuente de gran alegría.

La iglesia en que nos encontramos está situada en la cima del monte: la pueden contemplar fácilmente los habitantes de Beirut y de la región, y los visitantes que llegan a vuestra tierra. Del mismo modo, ¡ojalá que también vuestro testimonio sea para vuestros amigos un ejemplo luminoso! No olvidéis vuestra identidad cristiana y vuestra condición de discípulos del Señor. Es vuestra gloria, es vuestra esperanza y es vuestra misión. Recibid la Exhortación como un don que la Iglesia universal hace a la Iglesia que está en el Líbano y a vuestro país, con la certeza de que vuestro dinamismo y vuestra valentía darán lugar a transformaciones profundas en vosotros y en la sociedad entera. Tened fe y esperanza en Cristo. Con él no quedaréis defraudados.

7. Pidamos a la Virgen María, Nuestra Señora del Líbano, que vele por vuestro país y por sus habitantes, y que os asista con su ternura maternal, para que seáis los dignos herederos de los santos de vuestra tierra. Así contribuiréis a hacer que vuelva a florecer el Líbano, país que forma parte de los santos lugares que Dios ama, porque vino a poner aquí su morada y a recordarnos que debemos construir la ciudad terrena con la mirada puesta en los valores del Reino.

VIAJE APOSTÓLICO A BEIRUT
CEREMONIA DE BIENVENIDA
DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
Aeropuerto internacional de Beirut
Sábado 10 de mayo de 1997

Señor presidente; 
señor cardenal; 
beatitudes, excelencias; 
señoras y señores:

1. Agradezco, ante todo, al señor presidente de la República las cordiales palabras de bienvenida que me ha dirigido en nombre de todos los libaneses y, particularmente, la acogida que me ha dispensado en esta memorable circunstancia.

Asimismo, expreso mi gratitud a las máximas autoridades del Estado, y en particular al señor presidente del Parlamento y al señor presidente del Consejo de ministros. Doy las gracias por su calurosa acogida a los patriarcas y a los obispos católicos, así como a los demás líderes religiosos cristianos, musulmanes y drusos, a las autoridades civiles y militares, y a todos los amigos libaneses. Saludo a los hijos e hijas de esta tierra que han querido participar en esta ceremonia a través de la radio y la televisión. ¡Que Dios os bendiga!

2. ¡Cómo no recordar, ante todo, la escala que hizo el Papa Pablo VI en Beirut, el 2 de diciembre de 1964, mientras se dirigía a Bombay! De ese modo manifestaba su particular solicitud hacia el Líbano, mostrando que la Santa Sede estima y ama esta tierra y a sus habitantes. Hoy, con gran emoción, beso la tierra libanesa en señal de amistad y respeto. Vengo a vuestra casa, queridos libaneses, como un amigo que acude a visitar a un pueblo al que quiere sostener en su camino diario. Como amigo del Líbano, vengo a alentar a los hijos e hijas de esta tierra de acogida, de este país de antigua tradición espiritual y cultural, deseoso de independencia y libertad. En el umbral del tercer milenio, el Líbano, aun conservando sus riquezas específicas y su propia identidad, debe estar dispuesto a abrirse a las nuevas realidades de la sociedad moderna y a ocupar el lugar que le corresponde en el concierto de las naciones.

3. Durante los años de la guerra, juntamente con toda la Iglesia, seguí atentamente los momentos difíciles que atravesó el pueblo libanés y me uní con la oración a los sufrimientos que soportaba. En numerosas ocasiones, desde el inicio de mi pontificado, invité a la comunidad internacional a ayudar a los libaneses a recuperar la paz, dentro de un territorio nacional reconocido y respetado por todos, y a favorecer la reconstrucción de una sociedad de justicia y fraternidad. Juzgando desde una perspectiva humana, numerosas personas murieron en vano a causa del conflicto. 
Algunas familias quedaron separadas. Algunos libaneses tuvieron que salir al destierro, lejos de su patria. Personas de cultura y de religión diferentes, que mantenían con sus vecinos muy buenas relaciones, se encontraron separadas e incluso duramente enfrentadas.

Ese período, que felizmente ha pasado, sigue presente en el recuerdo de todos y deja numerosas heridas en los corazones. A pesar de ello, el Líbano está llamado a mirar resueltamente hacia el porvenir, libremente determinado por la opción de sus habitantes. Con este espíritu, quisiera rendir homenaje a los hijos e hijas de esta tierra que, en los períodos difíciles a los que acabo de aludir, han dado ejemplo de solidaridad, fraternidad, perdón y caridad, incluso arriesgando su vida. Rindo homenaje, en particular, a la actitud de numerosas mujeres, entre ellas muchas madres de familia, que han sido promotoras de unidad, educadoras en la paz y en la convivencia, defensoras incansables del diálogo entre los grupos humanos y entre las generaciones.

4. Desde este momento, cada uno está invitado a comprometerse en favor de la paz, la reconciliación y la vida fraterna, realizando por su parte gestos de perdón y trabajando al servicio de la comunidad nacional, para que nunca más la violencia prevalezca sobre el diálogo, el miedo y el desaliento sobre la confianza, y el rencor sobre el amor fraterno.

En este nuevo Líbano, que poco a poco estáis reconstruyendo, es preciso dar un lugar a cada ciudadano, en particular a los que, animados por un legítimo sentimiento patriótico, desean comprometerse en la acción política o en la vida económica. Desde este punto de vista, una condición previa a toda acción efectivamente democrática consiste en el justo equilibrio entre las fuerzas vivas de la nación, según el principio de subsidiariedad, que exige la participación y la responsabilidad de cada uno en las decisiones. Por lo demás, la gestión de la «res publica» se basa en el diálogo y en el entendimiento, no para hacer que prevalezcan intereses particulares o para mantener privilegios, sino para que toda acción sea un servicio a los hermanos, independientemente de las diferencias culturales y religiosas.

5. El 12 de junio de 1991 anuncié la convocación de la Asamblea especial para el Líbano del Sínodo de los obispos. Después de numerosas etapas de reflexión y participación dentro de la Iglesia católica en el Líbano, se reunió en noviembre y diciembre de 1995. Hoy he venido a vosotros para celebrar solemnemente la fase conclusiva de la Asamblea sinodal. Traigo a los católicos, a los cristianos de las demás Iglesias y comunidades eclesiales, y a todos los hombres de buena voluntad, el fruto de los trabajos de los obispos, enriquecido por el diálogo cordial con los delegados fraternos: la exhortación apostólica postsinodal «Una esperanza nueva para el Líbano». Este documento, que firmaré esta tarde ante los jóvenes, no es una conclusión ni una meta del camino emprendido. Al contrario, es una invitación a todos los libaneses a abrir con confianza una página nueva de su historia. Es la contribución de la Iglesia universal a una mayor unidad en la Iglesia católica en el Líbano, a la superación de las divisiones entre las diferentes Iglesias y al desarrollo del país, en el que están llamados a participar todos los libaneses.

6. Al llegar por primera vez a tierra de Líbano, deseo renovarle, señor presidente de la República, mi agradecimiento por su acogida. Formulo fervientes votos para su persona y su misión entre sus compatriotas. A través de usted, dirijo mi saludo cordial a todos los ciudadanos libaneses. Junto con ellos pido por el Líbano, para que sea como lo quiere el Altísimo.


¡Que Dios os bendiga!

miércoles, 12 de febrero de 1997



VIAJE APOSTÓLICO A BEIRUT
JUAN PABLO II
«REGINA CAELI» 
Domingo 11 de mayo de 1997

1. Al final de esta celebración, en la hora de la plegaria mariana, invocamos también a los santos que han vivido en esta tierra. Junto con vosotros, invoco a san Marón, san Charbel y a la beata Rafka. Mi pensamiento se dirige también al venerable Al-Hardini, a quien espero tener la alegría de incluir próximamente en el catálogo de los beatos.

Juntamente con vosotros, encomiendo a Nuestra Señora del Líbano a todos los hijos e hijas del país. Que la Madre del Señor, presente al pie de la cruz y en el cenáculo de Pentecostés, reúna en la fe, en la esperanza y en el amor a sus hijos que viven en este país o se hallan esparcidos por el mundo; asista a vuestros pastores en su ministerio; sostenga la fidelidad, en la oración y el servicio caritativo, de los monjes y las monjas, los religiosos y las religiosas; acompañe a los seglares en su vida eclesial y en su servicio a la sociedad; fortalezca a las familias en la unidad del amor y en la entrega a su misión educativa; y guíe a los jóvenes por los caminos de la vida.

Que María, en su maternal ternura, consuele a los pobres, a los que sufren en el cuerpo y en el espíritu, a los prisioneros y a los refugiados.

2. Nuestra Señora del Líbano, ¡vela por todo el pueblo que vive en esta tierra tan probada! Te lo encomienda el Sucesor de Pedro, que ha venido a traer a todos un mensaje de fe y esperanza. ¡Ojalá que se haga realidad, en el umbral del nuevo milenio, el mensaje profético de Isaías: «Dentro de poco el Líbano se convertirá en vergel, y el vergel se considerará una selva»! (Is 29, 17).

Oh Virgen santísima, concede a este pueblo antiguo, pero siempre joven, que siga siendo el digno heredero de su ilustre historia, y que construya con dinamismo su porvenir en el diálogo con todos, en el respeto recíproco de los diversos grupos y en la concordia fraterna.

Reina de la paz, ¡protege al Líbano!

Reina de la paz, te suplicamos, ¡escúchanos!

jueves, 7 de septiembre de 1989

CARTA APOSTÓLICA
DEL SUMO PONTÍFICE
JUAN PABLO II
SOBRE LA SITUACIÓN EN LÍBANO

A todos los obispos de la Iglesia católica sobre la situación en el Líbano

1. Una vez más, con la misma confianza pero todavía más entristecido, deseo solicitar vuestra solidaridad fraterna para nuestros hermanos del Líbano, que siguen siendo víctimas de una violencia despiadada, sin que haya causa alguna que lo justifique.

Ante los repetidos dramas, que cada uno de los habitantes de esa tierra conoce, nosotros somos conscientes del extremo peligro que amenaza la existencia misma del país: el Líbano no puede ser abandonado a su soledad.

2Desde el año 1975, el Papa Pablo VI, el Papa Juan Pablo I y yo mismo, desde el comienzo de mi pontificado, no hemos escatimado esfuerzo alguno para alertar a la opinión pública sobre el valor único del Líbano y de su patrimonio humano y espiritual, para aliviar y animar a sus habitantes sometidos a toda clase de violencias, para favorecer una solución negociada a las divergencias existentes entre las partes en conflicto y para implorar del Señor la gracia de una paz pacientemente edificada y duradera.

3. A lo largo de estos últimos meses, profundamente impresionado por la degradación de la situación, y por el recrudecimiento de sangrientos combates, he querido señalar, a través de mis numerosas llamadas, el deber que nos incumbe a todos de no olvidar al Líbano y de no acostumbrarnos a las crueles tribulaciones que esa nación soporta desde hace mucho tiempo. No he dudado en llamar a todas las puertas para que se ponga término a lo que justamente se podría llamar la matanza de todo un pueblo. Es conveniente que la Iglesia conozca los esfuerzos llevados a cabo para la salvación de un país en trance de desaparecer.

Así, el pasado 15 de mayo, he dirigido un mensaje a numerosos Jefes de Estado y a los Responsables de Organizaciones Internacionales. Me pareció necesario recordar ciertas exigencias éticas a las que la Comunidad Internacional está obligada con respecto a un miembro de pleno derecho, y también miembro fundador de la Organización de las Naciones Unidas y de la liga de Estados Árabes. A esta iniciativa se han añadido múltiples contactos bilaterales entre la Santa Sede y los Gobiernos de aquellos países que afirman ser amigos del Líbano o que mantienen tradicionalmente con él relaciones estrechas. Algunos de estos contactos se continúan aún hoy.

4. Ciertamente, no atañe al Papa proponer soluciones técnicas, pero, preocupado por el bien espiritual y material de todos los hombres sin distinción alguna, siente el deber categórico de insistir sobre determinadas obligaciones que incumben a los Responsables de las naciones.Ignorarlas puede conducir a debilitar completamente el orden de las relaciones internacionales y, una vez más, a entregar al hombre al mero poder del hombre. No se pueden despreciar impunemente los derechos, los deberes y los mecanismos que los protagonistas de la vida internacional han elaborado y han suscrito, sin que las relaciones entre los pueblos sufran las consecuencias, sin que la paz no se sienta amenazada, sin que el hombre termine por convertirse en esclavo o víctima de las ambiciones y de los intereses de los más fuertes. Esa es la razón por la que yo he querido -y lo repito hoy públicamente a toda la Iglesia- que el derecho de gentes y las instituciones que lo garantizan constituyan referencias irreemplazables y defiendan la idéntica dignidad de los pueblos y de las personas.

5Pero he hablado sobre todo como Pastor de la Iglesia universal en favor de los cristianos y, naturalmente, de modo particular en favor de los católicos, que, al lado de sus hermanos musulmanes, viven y dan en el Líbano testimonio de su fe.

No podemos olvidar, queridos hermanos en el Episcopado, los lazos de comunión espiritual que nos unen a estos hermanos que, en la historia pasada y reciente, han mantenido su fe cristiana a menudo a costa de heroicos sacrificios. Por ello, hoy asediados por la violencia de las armas y de la palabra, toda la Iglesia tiene el deber de "movilizarse".

Ante todo para hablar. Ante una información a menudo parcial o superficial, debemos nosotros dar a conocer las ricas y seculares tradiciones de la colaboración entre cristianos y musulmanes en ese país. Se trata de uno de los rasgos característicos de la sociedad libanesa que, hasta hace poco tiempo, constituía un ejemplo. Un mejor conocimiento recíproco y el ejercicio de un diálogo mutuo para un mejor servicio del hombre son las condiciones indispensables de la libertad, de la paz y del respeto de la dignidad de la persona. Este pluralismo consentido y vivido es un valor fundamental que ha presidido a lo largo de la historia del Líbano. Este es el motivo por el que, si este país desapareciera, sería la misma causa de la libertad la que sufriría una dramática pérdida.

En segundo lugar para rezar. Nosotros, los creyentes, no tenemos otra arma que la súplica que elevamos desde el fondo de nuestra miseria a Aquel que nos "ha llamado de las tinieblas a su admirable luz" (1 Pe 2, 9). A Dios, Padre de todos los hombres, en estos momentos trágicos en los que una parte de la familia humana y cristiana está amenazada y es víctima de violencias injustificables, no podemos sino presentar los gritos de miedo y, a veces, de desesperación de estos hermanos, que muy a menudo tienen la sensación de haber sido abandonados a su suerte, cuando su país está amenazado de aniquilación.

6Es ésta la razón, queridos hermanos, por la que yo deseo invitaros -y a través de vosotros también a todos los hijos de la Iglesia católica- a una jornada universal de plegaria por la paz en el Líbano. En Italia tendrá lugar el próximo día 4 de octubre, fiesta litúrgica de San Francisco de Asís, el Santo inerme y pacificador, que continúa invitando a todos los hombres a convertirse en "instrumentos de paz", para que "allí donde hay odio, pongamos amor". Cada Iglesia local tendrá la oportunidad de escoger el día más apropiado para esta plegaria comunitaria, teniendo en cuenta el hecho de que el 22 de noviembre se celebra la Fiesta nacional del Líbano.

Así, pues, junto a cuantos tendrán a bien unirse a nuestra iniciativa, la Iglesia entera será una Iglesia en oración que implorará al Padre celestial la paz y la salvación para el Líbano. Yo mismo, continúo encomendando al Señor la realización de la visita pastoral que tengo la firme intención de llevar a cabo a ese país, como ya anuncié el pasado 15 de agosto.

Cumpliendo esta acción espiritual, la Iglesia desea manifestar al mundo que el Líbano es algo más que un país; es un mensaje de libertad y un ejemplo de pluralismo tanto para Oriente como para Occidente.

7Quiero manifestar la solidaridad en la plegaria de todos sus hermanos a aquellos hijos de la Iglesia católica llamados hoy a vivir su fe y a dar testimonio en un país devastado por pruebas tan crueles. Para ellos y con ellos nosotros no solicitamos privilegio alguno; pedimos que continúe a asegurarse para ellos el derecho no sólo de creer según la voz de su conciencia, sino también de practicar su fe y de ser fieles a sus tradiciones culturales, al igual que sus hermanos musulmanes, sin temer exclusión o discriminación alguna en la misma patria.

Que todos los católicos compartan mi plegaria para pedir al Señor que inspire a las partes en conflicto sinceros pensamientos de paz.

Queridos hermanos en el Episcopado, confío a vuestra solicitud pastoral la preparación y la organización de esta jornada de oración por el Líbano. La Iglesia no habrá permanecido en silencio. El Papa y los fieles habrán rezado, hablado y actuado para que no sean cercenadas las raíces de la vida social y de la cooperación entre los diversos grupos del Líbano.

La desaparición del Líbano, sin lugar a dudas, sería uno de los grandes remordimientos del mundo. Su salvaguardia es una de las tareas más urgentes y más nobles que el mundo actual debe asumir.
8. A Nuestra Señora de Harissa confiamos nuestras angustias y esperanzas. ¡Que Ella sostenga a los afligidos! ¡Que dé valor a los que trabajan por la causa de la paz! ¡Que interceda ante su Hijo para que se encuentren soluciones justas y equitativas a los problemas de los demás pueblos del Oriente Medio, ellos también en busca de una vida segura de acuerdo con sus aspiraciones!

Al daros cita, queridos hermanos en el Episcopado, al igual que a los fieles confiados a vuestro cuidado pastoral, para la plegaria comunitaria en favor del Líbano y de todos sus hijos, suplico al "Dios de toda consolación, que nos consuela en toda tribulación nuestra para poder nosotros consolar a los que están en toda tribulación, mediante el consuelo con que nosotros somos consolados por Dios» (2 Co 1, 3-4). Con mi bendición apostólica.

Vaticano, 7 de septiembre de 1989.

JOANNES PAULUS PP. II

jueves, 21 de octubre de 1982

DISCURSO DE SU SANTIDAD JUAN PABLO II
AL PRESIDENTE DE LA REPÚBLICA DEL LÍBANO*
Jueves 21 de octubre de 1982

Señor Presidente:
La visita que hace usted hoy, Excmo. Señor, a la Sede Apostólica me es particularmente grata y se me presenta cargada de hondo significado en un momento decisivo para la vida e historia del Líbano.

Cuando la crisis trágica que azota su País desde hace más de siete años parecía en su punto álgido con el sitio de Beirut y el atroz asesinato del Presidente electo Béchir Gemayel —y permítame que le diga enseguida cuánto comparto su dolor personal, la pena de sus padres Cheikh Pierre y esposa, y la de su cuñada que ha quedado viuda con dos niños—, entonces, digo, se produjo en el pueblo libanés como un despertar de amor a la patria y espíritu fraterno qué impulsó a los Representantes legítimos, los Diputados de la Asamblea nacional, a unirse para elegirle Presidente de la República.
Al mismo tiempo, usted mismo y sus conciudadanos pudieron constatar que a este espíritu de consenso de los libaneses hacía eco el interés cordial y concreto de los Países amigos no sólo de la región de Oriente Medio, sino también de distintas partes del mundo y de la comunidad internacional.

Entre los “amigos del Líbano” se cuenta —no hay quien lo dude— la Santa Sede. Y no vacilo en afirmar que el afecto e interés que nutre hacia el Líbano revisten un carácter enteramente particular y se han manifestado de muchos modos y desde hace tiempo, pero sobre todo en estos años dolorosos.

Seguramente recuerda usted, Excmo. Señor, los gestos tan impresionantes del venerado Papa Pablo VI hacia su País, y la intervención excepcional de los cardenales en vísperas del Cónclave de octubre de 1978, cuando enviaron mensajes a los responsables para que cesaran los combates en el suelo libanés. En los cuatro años de mi pontificado he tenido constante preocupación por la suerte del Líbano, y no puedo olvidar en particular mi encuentro con su ilustre predecesor, el Excmo. Sr. Don Elías Sarkis. Quiero aludir también a la misión llevada a cabo en el Líbano por el Cardenal Paolo Bertoli, antiguo Nuncio Apostólico en su País, y la visita que hizo mi Secretario de Estado, Cardenal Agostino Casaroli.

¿Por qué tiene un interés tan especial por el Líbano la Santa Sede? Respondo: En primer lugar, no puedo olvidar que en esa tierra se halla la comunidad maronita floreciente en extremo, radicada desde hace siglos en la áspera montaña libanesa y guiada hoy por su Patriarca, mi hermano muy amado Antoine Pierre Khoraiche. Esta comunidad, de la que usted mismo forma parte, ha dado a la Iglesia grandes figuras de Santos. Siempre ha estado unida a la Sede Apostólica con vínculos estrechos. Y precisamente esta comunidad ha desempeñado un papel decisivo en la independencia del Líbano. Y también porque los maronitas y demás comunidades cristianas dan espléndido testimonio evangélico que irradia por todo Oriente Medio, cuna de las tres grandes religiones monoteístas. Y, en fin, porque el Líbano ha sido y seguirá siendo —expreso esta convicción con gran esperanza— un País de vida en común y colaboración entre comunidades étnicas y religiosas diferentes; entre cristianos, católicos, ortodoxos y demás, por una parte, y musulmanes, sunnitas, chiítas y drusos, por otra. Es decir, comunidades religiosas, todas ellas, que han salvaguardado su identidad y de este modo toman parte adecuadamente en instituciones y actividades conjuntas y en el bien general de la Patria.

No se le ocultan, Excmo. Señor, las dificultades que entraña el cargo que se le ha confiado, sobre todo en estos momentos. Se trata, en efecto, de recobrar la independencia real y la soberanía plena del Estado libanés sobre la totalidad de su territorio nacional. Además, existen los problemas de la reconstrucción material y sobre todo social y moral del país; entre otras cosas, pienso en la cancelación de los odios engendrados por la guerra y en el restablecimiento del espíritu de laboriosidad intensa y pacífica de todos los libaneses, y en especial de los jóvenes.

Pone usted, Excmo. Señor, en primer plano de su programa, la reconciliación plena de todos sus conciudadanos, que deben llegar a sentirse iguales tanto en sus derechos como en sus deberes con la Patria, mientras siguen manteniendo los vínculos con sus comunidades respectivas. Así surgirá el nuevo Líbano al que el mundo mirará cual pueblo antiguo, sin duda, por su civilización y religión y, a la vez, capaz de ofrecer hoy a todos los pueblos un ejemplo magnífico de dinamismo, cultura y espiritualidad, con la colaboración de todos sus hijos, incluso de los que viven fuera.

Finalmente, quisiera comunicarle un deseo que sé que no dejará de tener resonancia en el noble corazón de los libaneses y, en particular, en el de mis hijos católicos, a los que dirijo desde aquí un llamamiento apremiante a este respecto. Tengo confianza de que, con el pleno apoyo de todo el pueblo libanés, su Gobierno, Excmo. Señor, contribuya activamente a la solución definitiva de la crisis de Oriente Medio y al arreglo del problema del pueblo palestino, a la vez que se ocupa de la obra de levantar el País.

El Líbano será capaz de hacerlo dinámica y concretamente; prosiguiendo en el camino que le es propio desde su independencia, su País podrá dedicarse a allanar las profundas divergencias que todavía subsisten entre las partes en conflicto.

Con el espíritu y el corazón dirigidos a está visión de paz me complazco en renovarle, Excmo. Señor, mis votos más fervientes por el éxito de su altísima misión. Puedo asegurarle que para el desempeño de ésta cuenta usted con la ayuda cordial y desinteresada de la Santa Sede en los campos en que le es posible actuar y con los medios que le son propios. Crea también, Señor Presidente, que mis oraciones le acompañan, y se elevan a Dios Todopoderoso y a Nuestra Señora del Líbano, para que su Patria abra una nueva página de su historia e irradie por el mundo su imagen de País bendecido por el Altísimo, rica en civilización, espiritualidad y paz.

*L'Osservatore Romano. Edición semanal en lengua española 1983 n. 2, p.4.

domingo, 9 de octubre de 1977

Canonización de San Charbel (en español traducido del francés y del italiano)


La misa de canonización de San Charbel fue originalmente en francés e italiano, este texto fue traducido utilizando una combinación de Google Translator y Bing Translator, si tiene alguna sugerencia en la traducción por favor deje un comentario con su sugerencia, el texto original se encuentra en este link: 


CANONIZACIÓN Charbel Makhlouf

HOMILÍA DE PABLO VI

Domingo, 09 de octubre 1977

Venerables hermanos y amados hijos,

Toda la Iglesia, de Oriente a Occidente, se invita hoy a una gran alegría. Nuestro corazón se vuelve al cielo, donde ahora sabemos con gran certeza que San Charbel Makhlouf se asocia con la felicidad inconmensurable de los santos en la luz de Cristo, alabando e intercediendo por nosotros. Nuestros ojos también gire allí donde él vivió, el querido país de Líbano, nos complace saludar a los representantes: su beatitud patriarca Antoine Pierre Khoraiche, con sus hermanos y e hijos maronitas, representantes de otros ritos católicos, ortodoxos y, en el ámbito civil, la delegación del gobierno y el Parlamento libanés a quienes agradecemos que nos gustaría dar las gracias.

Su país, queridos amigos, había sido saludado con admiración por los poetas bíblicos, impresionados por la fuerza de sus cedros que se convierten en símbolos de la vida de los justos. Jesús mismo se acercó allí para recompensar la fe de una mujer sirio fenicia: primeros frutos de salvación para todas las naciones. Y este Líbano, un lugar de encuentro entre Oriente y Occidente se convirtió en realidad el hogar de varios pueblos que se aferraban con valor a su tierra y sus ricas tradiciones religiosas. La tormenta de recientes acontecimientos ha causado profundas arrugas sobre su cara, y una sombra seria en los caminos de la paz. Pero saben nuestra simpatía y afecto constante con ustedes, tenemos la firme esperanza de la renovada cooperación entre todos los hijos del Líbano.

Y es que hoy veneramos juntos, a un hijo de todo el Líbano, especialmente la Iglesia maronita, pueden estar orgullosos: Charbel Makhlouf. Un hijo singular, paradójicamente un artesano de la paz, ya que quería alejarse del mundo, sólo en Dios. Pero su lámpara está encendida encima de la montaña de su ermita, desde el siglo pasado, ha brillado un resplandor creciente y unánimemente hasta su santidad. Ya le habíamos rendido honores al declararlo Beato el 5 de diciembre de 1965 en la clausura del Concilio Vaticano II. Hoy, en la canonización y la extensión de su culto a toda la Iglesia, damos un ejemplo para todo el mundo, este monje valiente gloria de la Orden Libanesa Maronita y digno representante de las Iglesias de Oriente y su gran tradición monástica.

No es necesario trazar en detalle biografía, además de sencillo. Es importante tener en cuenta, al menos, cómo el ambiente cristiano de su infancia enraizada en la fe a los jóvenes Youssef - que era su nombre de pila - y lo preparó para su vocación: la familia de modestos campesinos, trabajadores, unido ; animada por una fe fuerte, familiar de la oración litúrgica del pueblo y la devoción a María; tíos dedicados a la vida del ermitaño, y la madre especialmente admirable, piadoso, mortificado al ayuno continuo. Escuchar las palabras que el que se informa después de la separación de su hijo: "Si no tiene que ser un buen religioso, diría: Vuelve a casa. Pero ahora sé que el Señor te quiere en su servicio. Y en mi dolor de estar separado de ti, dije resignadamente: él te bendiga, mi hijo, y te haga un santo "(P. PAUL DAHER, Charbel, un borracho de Dios Monasterio S. Maron Annaya, Líbano Jbail, 1965, p. 63). Las virtudes de la casa y ejemplo de los padres son siempre un entorno privilegiado para el nacimiento de vocaciones.

Pero la vocación tiene siempre como una decisión muy personal del candidato, cuando el llamado irresistible de gracia hecho con su determinación tenaz para convertirse en un santo: "Deja todo, ven! Sígueme! "(Ibid p 52; .. Cf. Marcos 10, 32 ..). A los veintitrés años, dejando nuestro futuro santo de hecho Pueblo de Gega-Kafra y su familia para no volver jamás. Así que para el principiante se convirtió en el hermano Charbel, comienza una formación monástica rigurosa, de acuerdo con la regla de la Orden Libanesa Maronita de San Antonio, el Monasterio de Nuestra Señora de Mayfouk, a continuación, a la más alejado de San Maron de Annaya después de la profesión solemne, estudió teología en Saint-Cyprien Kfifane, ordenado sacerdote en 1859; habrá que esperar dieciséis años de vida de la comunidad entre los monjes de Annaya y veintitrés años a la vida completamente solitaria en la ermita de San Pedro y San Pablo Annaya dependientes. Allí se da su alma a Dios en la Nochebuena de 1898, setenta años.

Eso representa una vida así? la práctica diligente, llevado al extremo, los tres votos religiosos, vivió en silencio monacal y recuento: en primer lugar la pobreza más estricta en materia de vivienda, ropa, única y frugal comida diaria duro trabajo manual en el duro clima de la montaña; una castidad que rodea a una intransigencia legendaria; Por último, pero total de la obediencia a sus superiores e incluso sus colegas en la solución de ermitaños también la traducción de su completa sumisión a Dios. Pero la clave de esta vida extraña apariencia es la búsqueda de la santidad, es decir, la conformidad más perfecta de Cristo, la conversación casi ininterrumpida humilde y pobre con el Señor, la participación personal en el sacrificio de Cristo un ferviente celebración de la misa y por su rigurosa penitencia unido a la intercesión por los pecadores. En resumen, la búsqueda incesante de Dios solo, que es característica de la vida monástica, acentuada por la soledad de la vida del ermitaño.

Esta lista, que los escritores sagrados pueden ilustrar muchos hechos concretos, da la cara una santidad muy austero, ¿verdad? Detengámonos en la paradoja de que deja el mundo moderno confundido o irritado; que todavía admiten que en un hombre como Charbel Makhlouf un heroísmo sin igual, ante el cual uno arcos, sobre todo conservando su firmeza encima de lo normal. Pero no es "locura en los ojos de los hombres", como ya se ha expresado el autor del libro de la Sabiduría? Incluso los cristianos se preguntará: Cristo realmente exigió la renuncia, aquel cuya vida en contraste con las austeridades de Juan Bautista bienvenida? Peor aún, algunos defensores del humanismo moderno no van en nombre de la psicología, para sospechar esta austeridad inflexible, el desprecio, abusiva y traumática, valores sólidos y el cuerpo del Amor, las relaciones de amistad, libertad creativa, la vida en una palabra?

Razón que en el caso de Charbel Makhlouf y muchos de sus compañeros monjes o ermitaños desde el comienzo de la Iglesia, que se manifiesta un serio malentendido, como si sólo fue una actuación humana; es mostrar una cierta miopía antes de una realidad más profunda. Ciertamente, el equilibrio humano no debe ser menospreciado, y de todos modos los superiores, la Iglesia debe garantizar la prudencia y la autenticidad de tales experiencias. Pero la prudencia y el equilibrio humano no son conceptos estáticos, limitados a elementos psicológicos comunes o únicamente de recursos humanos. En primer lugar, se olvida que Cristo se expresó como requisitos empinadas para los que serían sus discípulos: "Sígueme. . . y dejar que los muertos entierren a sus muertos "(Lc. 9: 59-60). "Si alguno viene a mí y no odia a su padre, madre, esposa e hijos, hermanos, hermanas y hasta su propia vida, no puede ser mi discípulo" (Ibid. 14, 26 ). Se olvidan, también, en el poder espiritual del alma, para el que esta austeridad es en primer lugar una forma fácil es olvidar el amor de Dios que inspira el Absoluto que atrae ; es ignorar la gracia de Cristo que sostiene y consiste en el dinamismo de su propia vida. En última instancia, es el olvido de los recursos de la vida espiritual, capaces de alcanzar una profundidad, una vitalidad, un maestro de bienestar, un equilibrio aún mayor que no se han buscado a sí mismos: "Buscad primero el reino de Dios y su justicia, y el resto se os darán por añadidura" (Mt 6, 32.).

Y, de hecho, que no admirar, entre Charbel Makhlouf, los aspectos positivos que la austeridad, la mortificación, la obediencia, la castidad, la soledad han hecho posible un grado rara vez se logra? Piense en su propia autoridad a las dificultades o las pasiones de todo tipo, la calidad de su vida interior, a la elevación de su oración, su espíritu de adoración expresado en el corazón de la naturaleza, y especialmente en la presencia del Santo sacramento, su afecto filial a la Virgen, y todas estas maravillas prometidas en las bienaventuranzas y llevadas a cabo literalmente en nuestro santo: la dulzura, la humildad, la misericordia, la paz, la alegría, la participación en esta vida, y poder curativo la conversión a Cristo. En resumen austeridad, casa, lo puso en el camino de la perfecta serenidad, la verdadera felicidad; dejó gran espacio al Espíritu Santo.

Y, además, lo impresionante, el pueblo de Dios no comete un error. Durante la vida de Charbel Makhlouf, brillaba su santidad, sus compatriotas, cristianos o no, el venerado, acudían a él como médico de las almas y cuerpos. Y desde su muerte, la luz ha brillado incluso por encima de su tumba: la cantidad de gente en busca de progreso espiritual, o distante de Dios, o la angustia que experimenta, continúan siendo fascinados por este hombre de Dios, orar fervientemente, mientras que muchos otros, los llamados apóstoles han dejado ninguna estela, como los mencionados en la Escritura (Sap 5, 10 ;. Epistola ad Missam).

Sí, el tipo de santidad practicada por Charbel Makhlouf es de gran peso, no sólo para la gloria de Dios, pero para la vitalidad de la Iglesia. Ciertamente, en el único Cuerpo místico de Cristo, como dice St. Paul, los carismas son muchas y variadas (cf. Rm 12, 4-8 ..); que corresponden a diferentes funciones, que tienen cada uno su lugar indispensable. Necesitamos pastores que se reúnen pueblo de Dios y gobiernan con sabiduría en el nombre de Cristo. Necesitamos teólogos que investigan la doctrina y el magisterio que lo vea. Necesitamos evangelizadores y misioneros que llevan la Palabra de Dios en todos los caminos del mundo. Necesitamos catequistas que son maestros y educadores informados de la fe: este es el tema del Sínodo actual. Necesitamos personas que se dedican directamente a la ayuda de sus hermanos. . . Pero también necesitamos personas que ofrecen a sí mismos como víctimas por la salvación del mundo en una penitencia libremente aceptada en una incesante oración de intercesión, como Moisés en la montaña, en una apasionada búsqueda de lo Absoluto, lo que demuestra que Dios vale la pena ser adorado y amado por sí mismo. El estilo de vida de estos religiosos, monjes, eremitas de los que no se ofrece a todos carisma como imitable; pero pura, de una manera radical, que encarnan un espíritu que no se proporciona ningún fiel de Cristo que desempeñen la función que la Iglesia no puede prescindir, recuerdan una manera beneficiosa para todos.

Veamos, en conclusión, para subrayar el interés particular de hoy la vocación de ermitaño. Ella también parece conocer una renovación de interés que no sólo explica la decadencia de la sociedad, ni las limitaciones que impone. También pueden adoptar formas adecuadas, siempre que se realiza siempre con discernimiento y obediencia.

Este testimonio, lejos de ser una reliquia de una época pasada, nos parece muy importante para nuestro mundo y para nuestra Iglesia.

Bendigamos al Señor por haber dado nosotros San Charbel Makhlouf, para reactivar las fuerzas de la Iglesia, con su ejemplo y su oración. Que el nuevo santo seguir ejerciendo su influencia prodigiosa, no sólo en el Líbano sino en el Oriente y en toda la Iglesia! Intercede por nosotros, pecadores, que demasiado a menudo no se atreven corren el riesgo de la experiencia de las Bienaventuranzas que, sin embargo conducirá a la perfecta alegría! Intercede por sus hermanos de la Orden Libanesa Maronita, y cualquier maronita I'Eglise, cada uno conoce los méritos y eventos! Intercede para el querido país de Líbano, usándolo para superar las dificultades de la época, para sanar las heridas aún primas, caminar en la esperanza! Él apoya y orienta a la derecha y justo manera, como cantamos ahora! Que su luz brille sobre Annaya, reuniendo a los hombres en armonía y atrayéndolos a Dios, ahora se contempla en dicha eterna! Amén!

El Papa continuó en italiano.

Alabado sea la Santa Trinidad, que nos dio la alegría de anunciar al santo libanés Charbel Makhlouf, lo que confirma la santidad perenne e inagotable de la Iglesia.

El espíritu de la vocación del ermitaño que se manifiesta en la nueva santa, lejos de pertenecer a un tiempo pasado, no parece ser muy importante, para nuestro mundo, en cuanto a la vida de la Iglesia. La vida social de hoy en día es a menudo marcada por la euforia, la emoción, la búsqueda insaciable de confort y placer, combinada con una creciente debilidad de la voluntad: no va a recuperar su equilibrio sólo con un crecimiento de dominio de sí mismo, de ascetismo, la pobreza, la paz, de la sencillez, de la interioridad, del silencio (cf .. Pablo VI, Discurso a los monjes de Monte Cassino, de 24 de octubre de 1964: AAS 56 (1964) 987). la muestra y el sabor de la vida de un ermitaño le enseña. Y en la Iglesia, como el pensamiento para superar la mediocridad y lograr una verdadera renovación espiritual, sin contar que en nuestra propia fuerza, sin desarrollar una sed de santidad personal, sin el ejercicio de las virtudes ocultas, sin reconocer el papel esencial y la fecundidad de la mortificación, de 'humildad, la oración? Para salvar al mundo, a la conquista espiritual, es necesario, como Cristo quiere estar en el mundo pero no pertenecer a todo en el mundo alejado de Dios (cf .. Salvatore Garofalo, la fragancia del Líbano, San Sciarbel Makhluf, Roma 1977 p. 216).

El ermitaño de Annaya nos recuerda hoy con una fuerza incomparable.


Imágenes de la canonización de San Chárbel