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sábado, 10 de mayo de 1997

VIAJE APOSTÓLICO A BEIRUT
CEREMONIA DE BIENVENIDA
DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
Aeropuerto internacional de Beirut
Sábado 10 de mayo de 1997

Señor presidente; 
señor cardenal; 
beatitudes, excelencias; 
señoras y señores:

1. Agradezco, ante todo, al señor presidente de la República las cordiales palabras de bienvenida que me ha dirigido en nombre de todos los libaneses y, particularmente, la acogida que me ha dispensado en esta memorable circunstancia.

Asimismo, expreso mi gratitud a las máximas autoridades del Estado, y en particular al señor presidente del Parlamento y al señor presidente del Consejo de ministros. Doy las gracias por su calurosa acogida a los patriarcas y a los obispos católicos, así como a los demás líderes religiosos cristianos, musulmanes y drusos, a las autoridades civiles y militares, y a todos los amigos libaneses. Saludo a los hijos e hijas de esta tierra que han querido participar en esta ceremonia a través de la radio y la televisión. ¡Que Dios os bendiga!

2. ¡Cómo no recordar, ante todo, la escala que hizo el Papa Pablo VI en Beirut, el 2 de diciembre de 1964, mientras se dirigía a Bombay! De ese modo manifestaba su particular solicitud hacia el Líbano, mostrando que la Santa Sede estima y ama esta tierra y a sus habitantes. Hoy, con gran emoción, beso la tierra libanesa en señal de amistad y respeto. Vengo a vuestra casa, queridos libaneses, como un amigo que acude a visitar a un pueblo al que quiere sostener en su camino diario. Como amigo del Líbano, vengo a alentar a los hijos e hijas de esta tierra de acogida, de este país de antigua tradición espiritual y cultural, deseoso de independencia y libertad. En el umbral del tercer milenio, el Líbano, aun conservando sus riquezas específicas y su propia identidad, debe estar dispuesto a abrirse a las nuevas realidades de la sociedad moderna y a ocupar el lugar que le corresponde en el concierto de las naciones.

3. Durante los años de la guerra, juntamente con toda la Iglesia, seguí atentamente los momentos difíciles que atravesó el pueblo libanés y me uní con la oración a los sufrimientos que soportaba. En numerosas ocasiones, desde el inicio de mi pontificado, invité a la comunidad internacional a ayudar a los libaneses a recuperar la paz, dentro de un territorio nacional reconocido y respetado por todos, y a favorecer la reconstrucción de una sociedad de justicia y fraternidad. Juzgando desde una perspectiva humana, numerosas personas murieron en vano a causa del conflicto. 
Algunas familias quedaron separadas. Algunos libaneses tuvieron que salir al destierro, lejos de su patria. Personas de cultura y de religión diferentes, que mantenían con sus vecinos muy buenas relaciones, se encontraron separadas e incluso duramente enfrentadas.

Ese período, que felizmente ha pasado, sigue presente en el recuerdo de todos y deja numerosas heridas en los corazones. A pesar de ello, el Líbano está llamado a mirar resueltamente hacia el porvenir, libremente determinado por la opción de sus habitantes. Con este espíritu, quisiera rendir homenaje a los hijos e hijas de esta tierra que, en los períodos difíciles a los que acabo de aludir, han dado ejemplo de solidaridad, fraternidad, perdón y caridad, incluso arriesgando su vida. Rindo homenaje, en particular, a la actitud de numerosas mujeres, entre ellas muchas madres de familia, que han sido promotoras de unidad, educadoras en la paz y en la convivencia, defensoras incansables del diálogo entre los grupos humanos y entre las generaciones.

4. Desde este momento, cada uno está invitado a comprometerse en favor de la paz, la reconciliación y la vida fraterna, realizando por su parte gestos de perdón y trabajando al servicio de la comunidad nacional, para que nunca más la violencia prevalezca sobre el diálogo, el miedo y el desaliento sobre la confianza, y el rencor sobre el amor fraterno.

En este nuevo Líbano, que poco a poco estáis reconstruyendo, es preciso dar un lugar a cada ciudadano, en particular a los que, animados por un legítimo sentimiento patriótico, desean comprometerse en la acción política o en la vida económica. Desde este punto de vista, una condición previa a toda acción efectivamente democrática consiste en el justo equilibrio entre las fuerzas vivas de la nación, según el principio de subsidiariedad, que exige la participación y la responsabilidad de cada uno en las decisiones. Por lo demás, la gestión de la «res publica» se basa en el diálogo y en el entendimiento, no para hacer que prevalezcan intereses particulares o para mantener privilegios, sino para que toda acción sea un servicio a los hermanos, independientemente de las diferencias culturales y religiosas.

5. El 12 de junio de 1991 anuncié la convocación de la Asamblea especial para el Líbano del Sínodo de los obispos. Después de numerosas etapas de reflexión y participación dentro de la Iglesia católica en el Líbano, se reunió en noviembre y diciembre de 1995. Hoy he venido a vosotros para celebrar solemnemente la fase conclusiva de la Asamblea sinodal. Traigo a los católicos, a los cristianos de las demás Iglesias y comunidades eclesiales, y a todos los hombres de buena voluntad, el fruto de los trabajos de los obispos, enriquecido por el diálogo cordial con los delegados fraternos: la exhortación apostólica postsinodal «Una esperanza nueva para el Líbano». Este documento, que firmaré esta tarde ante los jóvenes, no es una conclusión ni una meta del camino emprendido. Al contrario, es una invitación a todos los libaneses a abrir con confianza una página nueva de su historia. Es la contribución de la Iglesia universal a una mayor unidad en la Iglesia católica en el Líbano, a la superación de las divisiones entre las diferentes Iglesias y al desarrollo del país, en el que están llamados a participar todos los libaneses.

6. Al llegar por primera vez a tierra de Líbano, deseo renovarle, señor presidente de la República, mi agradecimiento por su acogida. Formulo fervientes votos para su persona y su misión entre sus compatriotas. A través de usted, dirijo mi saludo cordial a todos los ciudadanos libaneses. Junto con ellos pido por el Líbano, para que sea como lo quiere el Altísimo.


¡Que Dios os bendiga!

miércoles, 12 de febrero de 1997



VIAJE APOSTÓLICO A BEIRUT
JUAN PABLO II
«REGINA CAELI» 
Domingo 11 de mayo de 1997

1. Al final de esta celebración, en la hora de la plegaria mariana, invocamos también a los santos que han vivido en esta tierra. Junto con vosotros, invoco a san Marón, san Charbel y a la beata Rafka. Mi pensamiento se dirige también al venerable Al-Hardini, a quien espero tener la alegría de incluir próximamente en el catálogo de los beatos.

Juntamente con vosotros, encomiendo a Nuestra Señora del Líbano a todos los hijos e hijas del país. Que la Madre del Señor, presente al pie de la cruz y en el cenáculo de Pentecostés, reúna en la fe, en la esperanza y en el amor a sus hijos que viven en este país o se hallan esparcidos por el mundo; asista a vuestros pastores en su ministerio; sostenga la fidelidad, en la oración y el servicio caritativo, de los monjes y las monjas, los religiosos y las religiosas; acompañe a los seglares en su vida eclesial y en su servicio a la sociedad; fortalezca a las familias en la unidad del amor y en la entrega a su misión educativa; y guíe a los jóvenes por los caminos de la vida.

Que María, en su maternal ternura, consuele a los pobres, a los que sufren en el cuerpo y en el espíritu, a los prisioneros y a los refugiados.

2. Nuestra Señora del Líbano, ¡vela por todo el pueblo que vive en esta tierra tan probada! Te lo encomienda el Sucesor de Pedro, que ha venido a traer a todos un mensaje de fe y esperanza. ¡Ojalá que se haga realidad, en el umbral del nuevo milenio, el mensaje profético de Isaías: «Dentro de poco el Líbano se convertirá en vergel, y el vergel se considerará una selva»! (Is 29, 17).

Oh Virgen santísima, concede a este pueblo antiguo, pero siempre joven, que siga siendo el digno heredero de su ilustre historia, y que construya con dinamismo su porvenir en el diálogo con todos, en el respeto recíproco de los diversos grupos y en la concordia fraterna.

Reina de la paz, ¡protege al Líbano!

Reina de la paz, te suplicamos, ¡escúchanos!

jueves, 7 de septiembre de 1989

CARTA APOSTÓLICA
DEL SUMO PONTÍFICE
JUAN PABLO II
SOBRE LA SITUACIÓN EN LÍBANO

A todos los obispos de la Iglesia católica sobre la situación en el Líbano

1. Una vez más, con la misma confianza pero todavía más entristecido, deseo solicitar vuestra solidaridad fraterna para nuestros hermanos del Líbano, que siguen siendo víctimas de una violencia despiadada, sin que haya causa alguna que lo justifique.

Ante los repetidos dramas, que cada uno de los habitantes de esa tierra conoce, nosotros somos conscientes del extremo peligro que amenaza la existencia misma del país: el Líbano no puede ser abandonado a su soledad.

2Desde el año 1975, el Papa Pablo VI, el Papa Juan Pablo I y yo mismo, desde el comienzo de mi pontificado, no hemos escatimado esfuerzo alguno para alertar a la opinión pública sobre el valor único del Líbano y de su patrimonio humano y espiritual, para aliviar y animar a sus habitantes sometidos a toda clase de violencias, para favorecer una solución negociada a las divergencias existentes entre las partes en conflicto y para implorar del Señor la gracia de una paz pacientemente edificada y duradera.

3. A lo largo de estos últimos meses, profundamente impresionado por la degradación de la situación, y por el recrudecimiento de sangrientos combates, he querido señalar, a través de mis numerosas llamadas, el deber que nos incumbe a todos de no olvidar al Líbano y de no acostumbrarnos a las crueles tribulaciones que esa nación soporta desde hace mucho tiempo. No he dudado en llamar a todas las puertas para que se ponga término a lo que justamente se podría llamar la matanza de todo un pueblo. Es conveniente que la Iglesia conozca los esfuerzos llevados a cabo para la salvación de un país en trance de desaparecer.

Así, el pasado 15 de mayo, he dirigido un mensaje a numerosos Jefes de Estado y a los Responsables de Organizaciones Internacionales. Me pareció necesario recordar ciertas exigencias éticas a las que la Comunidad Internacional está obligada con respecto a un miembro de pleno derecho, y también miembro fundador de la Organización de las Naciones Unidas y de la liga de Estados Árabes. A esta iniciativa se han añadido múltiples contactos bilaterales entre la Santa Sede y los Gobiernos de aquellos países que afirman ser amigos del Líbano o que mantienen tradicionalmente con él relaciones estrechas. Algunos de estos contactos se continúan aún hoy.

4. Ciertamente, no atañe al Papa proponer soluciones técnicas, pero, preocupado por el bien espiritual y material de todos los hombres sin distinción alguna, siente el deber categórico de insistir sobre determinadas obligaciones que incumben a los Responsables de las naciones.Ignorarlas puede conducir a debilitar completamente el orden de las relaciones internacionales y, una vez más, a entregar al hombre al mero poder del hombre. No se pueden despreciar impunemente los derechos, los deberes y los mecanismos que los protagonistas de la vida internacional han elaborado y han suscrito, sin que las relaciones entre los pueblos sufran las consecuencias, sin que la paz no se sienta amenazada, sin que el hombre termine por convertirse en esclavo o víctima de las ambiciones y de los intereses de los más fuertes. Esa es la razón por la que yo he querido -y lo repito hoy públicamente a toda la Iglesia- que el derecho de gentes y las instituciones que lo garantizan constituyan referencias irreemplazables y defiendan la idéntica dignidad de los pueblos y de las personas.

5Pero he hablado sobre todo como Pastor de la Iglesia universal en favor de los cristianos y, naturalmente, de modo particular en favor de los católicos, que, al lado de sus hermanos musulmanes, viven y dan en el Líbano testimonio de su fe.

No podemos olvidar, queridos hermanos en el Episcopado, los lazos de comunión espiritual que nos unen a estos hermanos que, en la historia pasada y reciente, han mantenido su fe cristiana a menudo a costa de heroicos sacrificios. Por ello, hoy asediados por la violencia de las armas y de la palabra, toda la Iglesia tiene el deber de "movilizarse".

Ante todo para hablar. Ante una información a menudo parcial o superficial, debemos nosotros dar a conocer las ricas y seculares tradiciones de la colaboración entre cristianos y musulmanes en ese país. Se trata de uno de los rasgos característicos de la sociedad libanesa que, hasta hace poco tiempo, constituía un ejemplo. Un mejor conocimiento recíproco y el ejercicio de un diálogo mutuo para un mejor servicio del hombre son las condiciones indispensables de la libertad, de la paz y del respeto de la dignidad de la persona. Este pluralismo consentido y vivido es un valor fundamental que ha presidido a lo largo de la historia del Líbano. Este es el motivo por el que, si este país desapareciera, sería la misma causa de la libertad la que sufriría una dramática pérdida.

En segundo lugar para rezar. Nosotros, los creyentes, no tenemos otra arma que la súplica que elevamos desde el fondo de nuestra miseria a Aquel que nos "ha llamado de las tinieblas a su admirable luz" (1 Pe 2, 9). A Dios, Padre de todos los hombres, en estos momentos trágicos en los que una parte de la familia humana y cristiana está amenazada y es víctima de violencias injustificables, no podemos sino presentar los gritos de miedo y, a veces, de desesperación de estos hermanos, que muy a menudo tienen la sensación de haber sido abandonados a su suerte, cuando su país está amenazado de aniquilación.

6Es ésta la razón, queridos hermanos, por la que yo deseo invitaros -y a través de vosotros también a todos los hijos de la Iglesia católica- a una jornada universal de plegaria por la paz en el Líbano. En Italia tendrá lugar el próximo día 4 de octubre, fiesta litúrgica de San Francisco de Asís, el Santo inerme y pacificador, que continúa invitando a todos los hombres a convertirse en "instrumentos de paz", para que "allí donde hay odio, pongamos amor". Cada Iglesia local tendrá la oportunidad de escoger el día más apropiado para esta plegaria comunitaria, teniendo en cuenta el hecho de que el 22 de noviembre se celebra la Fiesta nacional del Líbano.

Así, pues, junto a cuantos tendrán a bien unirse a nuestra iniciativa, la Iglesia entera será una Iglesia en oración que implorará al Padre celestial la paz y la salvación para el Líbano. Yo mismo, continúo encomendando al Señor la realización de la visita pastoral que tengo la firme intención de llevar a cabo a ese país, como ya anuncié el pasado 15 de agosto.

Cumpliendo esta acción espiritual, la Iglesia desea manifestar al mundo que el Líbano es algo más que un país; es un mensaje de libertad y un ejemplo de pluralismo tanto para Oriente como para Occidente.

7Quiero manifestar la solidaridad en la plegaria de todos sus hermanos a aquellos hijos de la Iglesia católica llamados hoy a vivir su fe y a dar testimonio en un país devastado por pruebas tan crueles. Para ellos y con ellos nosotros no solicitamos privilegio alguno; pedimos que continúe a asegurarse para ellos el derecho no sólo de creer según la voz de su conciencia, sino también de practicar su fe y de ser fieles a sus tradiciones culturales, al igual que sus hermanos musulmanes, sin temer exclusión o discriminación alguna en la misma patria.

Que todos los católicos compartan mi plegaria para pedir al Señor que inspire a las partes en conflicto sinceros pensamientos de paz.

Queridos hermanos en el Episcopado, confío a vuestra solicitud pastoral la preparación y la organización de esta jornada de oración por el Líbano. La Iglesia no habrá permanecido en silencio. El Papa y los fieles habrán rezado, hablado y actuado para que no sean cercenadas las raíces de la vida social y de la cooperación entre los diversos grupos del Líbano.

La desaparición del Líbano, sin lugar a dudas, sería uno de los grandes remordimientos del mundo. Su salvaguardia es una de las tareas más urgentes y más nobles que el mundo actual debe asumir.
8. A Nuestra Señora de Harissa confiamos nuestras angustias y esperanzas. ¡Que Ella sostenga a los afligidos! ¡Que dé valor a los que trabajan por la causa de la paz! ¡Que interceda ante su Hijo para que se encuentren soluciones justas y equitativas a los problemas de los demás pueblos del Oriente Medio, ellos también en busca de una vida segura de acuerdo con sus aspiraciones!

Al daros cita, queridos hermanos en el Episcopado, al igual que a los fieles confiados a vuestro cuidado pastoral, para la plegaria comunitaria en favor del Líbano y de todos sus hijos, suplico al "Dios de toda consolación, que nos consuela en toda tribulación nuestra para poder nosotros consolar a los que están en toda tribulación, mediante el consuelo con que nosotros somos consolados por Dios» (2 Co 1, 3-4). Con mi bendición apostólica.

Vaticano, 7 de septiembre de 1989.

JOANNES PAULUS PP. II

jueves, 21 de octubre de 1982

DISCURSO DE SU SANTIDAD JUAN PABLO II
AL PRESIDENTE DE LA REPÚBLICA DEL LÍBANO*
Jueves 21 de octubre de 1982

Señor Presidente:
La visita que hace usted hoy, Excmo. Señor, a la Sede Apostólica me es particularmente grata y se me presenta cargada de hondo significado en un momento decisivo para la vida e historia del Líbano.

Cuando la crisis trágica que azota su País desde hace más de siete años parecía en su punto álgido con el sitio de Beirut y el atroz asesinato del Presidente electo Béchir Gemayel —y permítame que le diga enseguida cuánto comparto su dolor personal, la pena de sus padres Cheikh Pierre y esposa, y la de su cuñada que ha quedado viuda con dos niños—, entonces, digo, se produjo en el pueblo libanés como un despertar de amor a la patria y espíritu fraterno qué impulsó a los Representantes legítimos, los Diputados de la Asamblea nacional, a unirse para elegirle Presidente de la República.
Al mismo tiempo, usted mismo y sus conciudadanos pudieron constatar que a este espíritu de consenso de los libaneses hacía eco el interés cordial y concreto de los Países amigos no sólo de la región de Oriente Medio, sino también de distintas partes del mundo y de la comunidad internacional.

Entre los “amigos del Líbano” se cuenta —no hay quien lo dude— la Santa Sede. Y no vacilo en afirmar que el afecto e interés que nutre hacia el Líbano revisten un carácter enteramente particular y se han manifestado de muchos modos y desde hace tiempo, pero sobre todo en estos años dolorosos.

Seguramente recuerda usted, Excmo. Señor, los gestos tan impresionantes del venerado Papa Pablo VI hacia su País, y la intervención excepcional de los cardenales en vísperas del Cónclave de octubre de 1978, cuando enviaron mensajes a los responsables para que cesaran los combates en el suelo libanés. En los cuatro años de mi pontificado he tenido constante preocupación por la suerte del Líbano, y no puedo olvidar en particular mi encuentro con su ilustre predecesor, el Excmo. Sr. Don Elías Sarkis. Quiero aludir también a la misión llevada a cabo en el Líbano por el Cardenal Paolo Bertoli, antiguo Nuncio Apostólico en su País, y la visita que hizo mi Secretario de Estado, Cardenal Agostino Casaroli.

¿Por qué tiene un interés tan especial por el Líbano la Santa Sede? Respondo: En primer lugar, no puedo olvidar que en esa tierra se halla la comunidad maronita floreciente en extremo, radicada desde hace siglos en la áspera montaña libanesa y guiada hoy por su Patriarca, mi hermano muy amado Antoine Pierre Khoraiche. Esta comunidad, de la que usted mismo forma parte, ha dado a la Iglesia grandes figuras de Santos. Siempre ha estado unida a la Sede Apostólica con vínculos estrechos. Y precisamente esta comunidad ha desempeñado un papel decisivo en la independencia del Líbano. Y también porque los maronitas y demás comunidades cristianas dan espléndido testimonio evangélico que irradia por todo Oriente Medio, cuna de las tres grandes religiones monoteístas. Y, en fin, porque el Líbano ha sido y seguirá siendo —expreso esta convicción con gran esperanza— un País de vida en común y colaboración entre comunidades étnicas y religiosas diferentes; entre cristianos, católicos, ortodoxos y demás, por una parte, y musulmanes, sunnitas, chiítas y drusos, por otra. Es decir, comunidades religiosas, todas ellas, que han salvaguardado su identidad y de este modo toman parte adecuadamente en instituciones y actividades conjuntas y en el bien general de la Patria.

No se le ocultan, Excmo. Señor, las dificultades que entraña el cargo que se le ha confiado, sobre todo en estos momentos. Se trata, en efecto, de recobrar la independencia real y la soberanía plena del Estado libanés sobre la totalidad de su territorio nacional. Además, existen los problemas de la reconstrucción material y sobre todo social y moral del país; entre otras cosas, pienso en la cancelación de los odios engendrados por la guerra y en el restablecimiento del espíritu de laboriosidad intensa y pacífica de todos los libaneses, y en especial de los jóvenes.

Pone usted, Excmo. Señor, en primer plano de su programa, la reconciliación plena de todos sus conciudadanos, que deben llegar a sentirse iguales tanto en sus derechos como en sus deberes con la Patria, mientras siguen manteniendo los vínculos con sus comunidades respectivas. Así surgirá el nuevo Líbano al que el mundo mirará cual pueblo antiguo, sin duda, por su civilización y religión y, a la vez, capaz de ofrecer hoy a todos los pueblos un ejemplo magnífico de dinamismo, cultura y espiritualidad, con la colaboración de todos sus hijos, incluso de los que viven fuera.

Finalmente, quisiera comunicarle un deseo que sé que no dejará de tener resonancia en el noble corazón de los libaneses y, en particular, en el de mis hijos católicos, a los que dirijo desde aquí un llamamiento apremiante a este respecto. Tengo confianza de que, con el pleno apoyo de todo el pueblo libanés, su Gobierno, Excmo. Señor, contribuya activamente a la solución definitiva de la crisis de Oriente Medio y al arreglo del problema del pueblo palestino, a la vez que se ocupa de la obra de levantar el País.

El Líbano será capaz de hacerlo dinámica y concretamente; prosiguiendo en el camino que le es propio desde su independencia, su País podrá dedicarse a allanar las profundas divergencias que todavía subsisten entre las partes en conflicto.

Con el espíritu y el corazón dirigidos a está visión de paz me complazco en renovarle, Excmo. Señor, mis votos más fervientes por el éxito de su altísima misión. Puedo asegurarle que para el desempeño de ésta cuenta usted con la ayuda cordial y desinteresada de la Santa Sede en los campos en que le es posible actuar y con los medios que le son propios. Crea también, Señor Presidente, que mis oraciones le acompañan, y se elevan a Dios Todopoderoso y a Nuestra Señora del Líbano, para que su Patria abra una nueva página de su historia e irradie por el mundo su imagen de País bendecido por el Altísimo, rica en civilización, espiritualidad y paz.

*L'Osservatore Romano. Edición semanal en lengua española 1983 n. 2, p.4.

domingo, 9 de octubre de 1977

Canonización de San Charbel (en español traducido del francés y del italiano)


La misa de canonización de San Charbel fue originalmente en francés e italiano, este texto fue traducido utilizando una combinación de Google Translator y Bing Translator, si tiene alguna sugerencia en la traducción por favor deje un comentario con su sugerencia, el texto original se encuentra en este link: 


CANONIZACIÓN Charbel Makhlouf

HOMILÍA DE PABLO VI

Domingo, 09 de octubre 1977

Venerables hermanos y amados hijos,

Toda la Iglesia, de Oriente a Occidente, se invita hoy a una gran alegría. Nuestro corazón se vuelve al cielo, donde ahora sabemos con gran certeza que San Charbel Makhlouf se asocia con la felicidad inconmensurable de los santos en la luz de Cristo, alabando e intercediendo por nosotros. Nuestros ojos también gire allí donde él vivió, el querido país de Líbano, nos complace saludar a los representantes: su beatitud patriarca Antoine Pierre Khoraiche, con sus hermanos y e hijos maronitas, representantes de otros ritos católicos, ortodoxos y, en el ámbito civil, la delegación del gobierno y el Parlamento libanés a quienes agradecemos que nos gustaría dar las gracias.

Su país, queridos amigos, había sido saludado con admiración por los poetas bíblicos, impresionados por la fuerza de sus cedros que se convierten en símbolos de la vida de los justos. Jesús mismo se acercó allí para recompensar la fe de una mujer sirio fenicia: primeros frutos de salvación para todas las naciones. Y este Líbano, un lugar de encuentro entre Oriente y Occidente se convirtió en realidad el hogar de varios pueblos que se aferraban con valor a su tierra y sus ricas tradiciones religiosas. La tormenta de recientes acontecimientos ha causado profundas arrugas sobre su cara, y una sombra seria en los caminos de la paz. Pero saben nuestra simpatía y afecto constante con ustedes, tenemos la firme esperanza de la renovada cooperación entre todos los hijos del Líbano.

Y es que hoy veneramos juntos, a un hijo de todo el Líbano, especialmente la Iglesia maronita, pueden estar orgullosos: Charbel Makhlouf. Un hijo singular, paradójicamente un artesano de la paz, ya que quería alejarse del mundo, sólo en Dios. Pero su lámpara está encendida encima de la montaña de su ermita, desde el siglo pasado, ha brillado un resplandor creciente y unánimemente hasta su santidad. Ya le habíamos rendido honores al declararlo Beato el 5 de diciembre de 1965 en la clausura del Concilio Vaticano II. Hoy, en la canonización y la extensión de su culto a toda la Iglesia, damos un ejemplo para todo el mundo, este monje valiente gloria de la Orden Libanesa Maronita y digno representante de las Iglesias de Oriente y su gran tradición monástica.

No es necesario trazar en detalle biografía, además de sencillo. Es importante tener en cuenta, al menos, cómo el ambiente cristiano de su infancia enraizada en la fe a los jóvenes Youssef - que era su nombre de pila - y lo preparó para su vocación: la familia de modestos campesinos, trabajadores, unido ; animada por una fe fuerte, familiar de la oración litúrgica del pueblo y la devoción a María; tíos dedicados a la vida del ermitaño, y la madre especialmente admirable, piadoso, mortificado al ayuno continuo. Escuchar las palabras que el que se informa después de la separación de su hijo: "Si no tiene que ser un buen religioso, diría: Vuelve a casa. Pero ahora sé que el Señor te quiere en su servicio. Y en mi dolor de estar separado de ti, dije resignadamente: él te bendiga, mi hijo, y te haga un santo "(P. PAUL DAHER, Charbel, un borracho de Dios Monasterio S. Maron Annaya, Líbano Jbail, 1965, p. 63). Las virtudes de la casa y ejemplo de los padres son siempre un entorno privilegiado para el nacimiento de vocaciones.

Pero la vocación tiene siempre como una decisión muy personal del candidato, cuando el llamado irresistible de gracia hecho con su determinación tenaz para convertirse en un santo: "Deja todo, ven! Sígueme! "(Ibid p 52; .. Cf. Marcos 10, 32 ..). A los veintitrés años, dejando nuestro futuro santo de hecho Pueblo de Gega-Kafra y su familia para no volver jamás. Así que para el principiante se convirtió en el hermano Charbel, comienza una formación monástica rigurosa, de acuerdo con la regla de la Orden Libanesa Maronita de San Antonio, el Monasterio de Nuestra Señora de Mayfouk, a continuación, a la más alejado de San Maron de Annaya después de la profesión solemne, estudió teología en Saint-Cyprien Kfifane, ordenado sacerdote en 1859; habrá que esperar dieciséis años de vida de la comunidad entre los monjes de Annaya y veintitrés años a la vida completamente solitaria en la ermita de San Pedro y San Pablo Annaya dependientes. Allí se da su alma a Dios en la Nochebuena de 1898, setenta años.

Eso representa una vida así? la práctica diligente, llevado al extremo, los tres votos religiosos, vivió en silencio monacal y recuento: en primer lugar la pobreza más estricta en materia de vivienda, ropa, única y frugal comida diaria duro trabajo manual en el duro clima de la montaña; una castidad que rodea a una intransigencia legendaria; Por último, pero total de la obediencia a sus superiores e incluso sus colegas en la solución de ermitaños también la traducción de su completa sumisión a Dios. Pero la clave de esta vida extraña apariencia es la búsqueda de la santidad, es decir, la conformidad más perfecta de Cristo, la conversación casi ininterrumpida humilde y pobre con el Señor, la participación personal en el sacrificio de Cristo un ferviente celebración de la misa y por su rigurosa penitencia unido a la intercesión por los pecadores. En resumen, la búsqueda incesante de Dios solo, que es característica de la vida monástica, acentuada por la soledad de la vida del ermitaño.

Esta lista, que los escritores sagrados pueden ilustrar muchos hechos concretos, da la cara una santidad muy austero, ¿verdad? Detengámonos en la paradoja de que deja el mundo moderno confundido o irritado; que todavía admiten que en un hombre como Charbel Makhlouf un heroísmo sin igual, ante el cual uno arcos, sobre todo conservando su firmeza encima de lo normal. Pero no es "locura en los ojos de los hombres", como ya se ha expresado el autor del libro de la Sabiduría? Incluso los cristianos se preguntará: Cristo realmente exigió la renuncia, aquel cuya vida en contraste con las austeridades de Juan Bautista bienvenida? Peor aún, algunos defensores del humanismo moderno no van en nombre de la psicología, para sospechar esta austeridad inflexible, el desprecio, abusiva y traumática, valores sólidos y el cuerpo del Amor, las relaciones de amistad, libertad creativa, la vida en una palabra?

Razón que en el caso de Charbel Makhlouf y muchos de sus compañeros monjes o ermitaños desde el comienzo de la Iglesia, que se manifiesta un serio malentendido, como si sólo fue una actuación humana; es mostrar una cierta miopía antes de una realidad más profunda. Ciertamente, el equilibrio humano no debe ser menospreciado, y de todos modos los superiores, la Iglesia debe garantizar la prudencia y la autenticidad de tales experiencias. Pero la prudencia y el equilibrio humano no son conceptos estáticos, limitados a elementos psicológicos comunes o únicamente de recursos humanos. En primer lugar, se olvida que Cristo se expresó como requisitos empinadas para los que serían sus discípulos: "Sígueme. . . y dejar que los muertos entierren a sus muertos "(Lc. 9: 59-60). "Si alguno viene a mí y no odia a su padre, madre, esposa e hijos, hermanos, hermanas y hasta su propia vida, no puede ser mi discípulo" (Ibid. 14, 26 ). Se olvidan, también, en el poder espiritual del alma, para el que esta austeridad es en primer lugar una forma fácil es olvidar el amor de Dios que inspira el Absoluto que atrae ; es ignorar la gracia de Cristo que sostiene y consiste en el dinamismo de su propia vida. En última instancia, es el olvido de los recursos de la vida espiritual, capaces de alcanzar una profundidad, una vitalidad, un maestro de bienestar, un equilibrio aún mayor que no se han buscado a sí mismos: "Buscad primero el reino de Dios y su justicia, y el resto se os darán por añadidura" (Mt 6, 32.).

Y, de hecho, que no admirar, entre Charbel Makhlouf, los aspectos positivos que la austeridad, la mortificación, la obediencia, la castidad, la soledad han hecho posible un grado rara vez se logra? Piense en su propia autoridad a las dificultades o las pasiones de todo tipo, la calidad de su vida interior, a la elevación de su oración, su espíritu de adoración expresado en el corazón de la naturaleza, y especialmente en la presencia del Santo sacramento, su afecto filial a la Virgen, y todas estas maravillas prometidas en las bienaventuranzas y llevadas a cabo literalmente en nuestro santo: la dulzura, la humildad, la misericordia, la paz, la alegría, la participación en esta vida, y poder curativo la conversión a Cristo. En resumen austeridad, casa, lo puso en el camino de la perfecta serenidad, la verdadera felicidad; dejó gran espacio al Espíritu Santo.

Y, además, lo impresionante, el pueblo de Dios no comete un error. Durante la vida de Charbel Makhlouf, brillaba su santidad, sus compatriotas, cristianos o no, el venerado, acudían a él como médico de las almas y cuerpos. Y desde su muerte, la luz ha brillado incluso por encima de su tumba: la cantidad de gente en busca de progreso espiritual, o distante de Dios, o la angustia que experimenta, continúan siendo fascinados por este hombre de Dios, orar fervientemente, mientras que muchos otros, los llamados apóstoles han dejado ninguna estela, como los mencionados en la Escritura (Sap 5, 10 ;. Epistola ad Missam).

Sí, el tipo de santidad practicada por Charbel Makhlouf es de gran peso, no sólo para la gloria de Dios, pero para la vitalidad de la Iglesia. Ciertamente, en el único Cuerpo místico de Cristo, como dice St. Paul, los carismas son muchas y variadas (cf. Rm 12, 4-8 ..); que corresponden a diferentes funciones, que tienen cada uno su lugar indispensable. Necesitamos pastores que se reúnen pueblo de Dios y gobiernan con sabiduría en el nombre de Cristo. Necesitamos teólogos que investigan la doctrina y el magisterio que lo vea. Necesitamos evangelizadores y misioneros que llevan la Palabra de Dios en todos los caminos del mundo. Necesitamos catequistas que son maestros y educadores informados de la fe: este es el tema del Sínodo actual. Necesitamos personas que se dedican directamente a la ayuda de sus hermanos. . . Pero también necesitamos personas que ofrecen a sí mismos como víctimas por la salvación del mundo en una penitencia libremente aceptada en una incesante oración de intercesión, como Moisés en la montaña, en una apasionada búsqueda de lo Absoluto, lo que demuestra que Dios vale la pena ser adorado y amado por sí mismo. El estilo de vida de estos religiosos, monjes, eremitas de los que no se ofrece a todos carisma como imitable; pero pura, de una manera radical, que encarnan un espíritu que no se proporciona ningún fiel de Cristo que desempeñen la función que la Iglesia no puede prescindir, recuerdan una manera beneficiosa para todos.

Veamos, en conclusión, para subrayar el interés particular de hoy la vocación de ermitaño. Ella también parece conocer una renovación de interés que no sólo explica la decadencia de la sociedad, ni las limitaciones que impone. También pueden adoptar formas adecuadas, siempre que se realiza siempre con discernimiento y obediencia.

Este testimonio, lejos de ser una reliquia de una época pasada, nos parece muy importante para nuestro mundo y para nuestra Iglesia.

Bendigamos al Señor por haber dado nosotros San Charbel Makhlouf, para reactivar las fuerzas de la Iglesia, con su ejemplo y su oración. Que el nuevo santo seguir ejerciendo su influencia prodigiosa, no sólo en el Líbano sino en el Oriente y en toda la Iglesia! Intercede por nosotros, pecadores, que demasiado a menudo no se atreven corren el riesgo de la experiencia de las Bienaventuranzas que, sin embargo conducirá a la perfecta alegría! Intercede por sus hermanos de la Orden Libanesa Maronita, y cualquier maronita I'Eglise, cada uno conoce los méritos y eventos! Intercede para el querido país de Líbano, usándolo para superar las dificultades de la época, para sanar las heridas aún primas, caminar en la esperanza! Él apoya y orienta a la derecha y justo manera, como cantamos ahora! Que su luz brille sobre Annaya, reuniendo a los hombres en armonía y atrayéndolos a Dios, ahora se contempla en dicha eterna! Amén!

El Papa continuó en italiano.

Alabado sea la Santa Trinidad, que nos dio la alegría de anunciar al santo libanés Charbel Makhlouf, lo que confirma la santidad perenne e inagotable de la Iglesia.

El espíritu de la vocación del ermitaño que se manifiesta en la nueva santa, lejos de pertenecer a un tiempo pasado, no parece ser muy importante, para nuestro mundo, en cuanto a la vida de la Iglesia. La vida social de hoy en día es a menudo marcada por la euforia, la emoción, la búsqueda insaciable de confort y placer, combinada con una creciente debilidad de la voluntad: no va a recuperar su equilibrio sólo con un crecimiento de dominio de sí mismo, de ascetismo, la pobreza, la paz, de la sencillez, de la interioridad, del silencio (cf .. Pablo VI, Discurso a los monjes de Monte Cassino, de 24 de octubre de 1964: AAS 56 (1964) 987). la muestra y el sabor de la vida de un ermitaño le enseña. Y en la Iglesia, como el pensamiento para superar la mediocridad y lograr una verdadera renovación espiritual, sin contar que en nuestra propia fuerza, sin desarrollar una sed de santidad personal, sin el ejercicio de las virtudes ocultas, sin reconocer el papel esencial y la fecundidad de la mortificación, de 'humildad, la oración? Para salvar al mundo, a la conquista espiritual, es necesario, como Cristo quiere estar en el mundo pero no pertenecer a todo en el mundo alejado de Dios (cf .. Salvatore Garofalo, la fragancia del Líbano, San Sciarbel Makhluf, Roma 1977 p. 216).

El ermitaño de Annaya nos recuerda hoy con una fuerza incomparable.


Imágenes de la canonización de San Chárbel






Misa de canonización de San Charbel (en francés)

CANONISATION DE CHARBEL MAKHLUOF

HOMÉLIE DU PAPE PAUL VI

Dimanche, 9 octobre 1977

Vénérables Frères et chers Fils,

L’Eglise entière, de l’Orient à l’Occident, est invitée aujourd’hui à une grande joie. Notre cœur se tourne vers le Ciel, où nous savons désormais avec certitude que saint Charbel Makhlouf est associé au bonheur incommensurable des Saints, dans la lumière du Christ, louant et intercédant pour nous. Nos regards se tournent aussi là où il a vécu, vers le cher pays du Liban, dont Nous sommes heureux de saluer les représentants: Sa Béatitude le Patriarche Antoine Pierre Khoraiche, avec nombre de ses Frères et de ses Fils maronites, les représentants des autres rites catholiques, des orthodoxes, et, au plan civil, la Délégation du Gouvernement et du Parlement libanais que Nous remercions chaleureusement.

Votre pays, chers Amis, avait déjà été salué avec admiration par les poètes bibliques, impressionnés par la vigueur des cèdres devenus symboles de la vie des justes. Jésus lui-même y est venu récompenser la foi d’une femme syro-phénicienne: prémices du salut destiné à toutes les nations. Et ce Liban, lieu de rencontre entre l’orient et l’Occident est devenu de fait la patrie de diverses populations, qui se sont accrochées avec courage à leur terre et à leurs fécondes traditions religieuses. La tourmente des récents événements a creusé des rides profondes sur son visage, et jeté une ombre sérieuse sur les chemins de la paix. Mais vous savez notre sympathie et notre affection constantes: avec vous, Nous gardons la ferme espérance d’une coopération renouvelée, entre tous les fils du Liban.

Et voilà qu’aujourd’hui, nous vénérons ensemble un fils dont tout le Liban, et spécialement l’Eglise maronite, peuvent être fiers: Charbel Makhlouf. Un fils bien singulier, un artisan paradoxal de la paix, puisqu’il l’a recherchée à l’écart du monde, en Dieu seul, dont il était comme enivré. Mais sa lampe, allumée au sommet de la montagne de son ermitage, au siècle dernier, a brillé d’un éclat toujours plus grand, et l’unanimité s’est faite rapidement autour de sa sainteté. Nous l’avions déjà honoré en le déclarant bienheureux le 5 décembre 1965, au moment de la clôture du Concile Vatican II. Aujourd’hui, en le canonisant et en étendant son culte à l’ensemble de l’Eglise, Nous donnons en exemple, au monde entier, ce valeureux moine, gloire de l’ordre libanais maronite et digne représentant des Eglises d’Orient et de leur haute tradition monastique.

Il n’est point nécessaire de retracer en détail sa biographie, d’ailleurs fort simple. II importe du moins de noter à quel point le milieu chrétien de son enfance a enraciné dans la foi le jeune Youssef - c’était son nom de baptème -, et l’a préparé à sa vocation: famille de paysans modestes, travailleurs, unis; animés d’une foi robuste, familiers de la prière liturgique du village et de la dévotion à Marie; oncles voués à la vie érémitique, et surtout mère admirable, pieuse et mortifiée jusqu’au jeûne continuel. Ecoutez les paroles que l’on rapporte d’elle après la séparation de son fils: «Si tu ne devais pas être un bon religieux, je te dirais: Reviens à la maison. Mais je sais maintenant que le Seigneur te veut à son service. Et dans ma douleur d’être séparée de toi, je lui dis, résignée: Qu’il te bénisse, mon enfant, et fasse de toi un saint» (P. PAUL DAHER, Charbel, un homme ivre de Dieu, Monastère S. Maron d’Annaya, Jbail Liban, 1965, p. 63). Les vertus du foyer et l’exemple des parents constituent toujours un milieu privilégié pour l’éclosion des vocations.

Mais la vocation comporte toujours aussi une décision très personnelle du candidat, où l’appel irrésistible de la grâce compose avec sa volonté tenace de devenir un saint: «Quitte tout, viens! Suis-moi!» (Ibid. p. 52; cfr. Marc. 10, 32). A vingt-trois ans, notre futur saint quitte en effet son village de Gégà-Kafra et sa famille pour ne plus jamais y revenir. Alors, pour le novice devenu Frère Charbel, commence une formation monastique rigoureuse, selon la règle de l’ordre libanais maronite de Saint Antoine, au monastère de Notre-Dame de Mayfouk, puis à celui plus retiré de Saint-Maron d’Annaya, après sa profession solennelle, il suit des études théologiques à Saint-Cyprien de Kfifane, reçoit l’ordination sacerdotale en 1859; il mènera ensuite seize ans de vie communautaire parmi les moines d’Annaya et vingt-trois ans de vie complètement solitaire dans l’ermitage des Saints Pierre et Paul dépendant d’Annaya. C’est là qu’il remet son âme à Dieu la veille de Noël 1898, à soixante-dix ans.

Que représente donc une telle vie? La pratique assidue, poussée à l’extrême, des trois vœux de religion, vécus dans le silence et le dépouillement monastiques: d’abord la plus stricte pauvreté pour ce qui est du logement, du vêtement, de l’unique et frugal repas journalier des durs travaux manuels dans le rude climat de la montagne; une chasteté qu’il entoure d’une intransigeance légendaire; enfin et surtout une obéissance totale à ses Supérieurs et même à ses confrères, au règlement des ermites aussi, traduisant sa soumission complète à Dieu. Mais la clé de cette vie en apparence étrange est la recherche de la sainteté, c’est-à-dire la conformité la plus parfaite au Christ humble et pauvre, le colloque quasi ininterrompu avec le Seigneur, la participation personnelle au sacrifice du Christ par une célébration fervente de la messe et par sa pénitence rigoureuse jointe à l’intercession pour les pécheurs. Bref, la recherche incessante de Dieu seul, qui est le propre de la vie monastique, accentuée par la solitude de la vie érémitique.

Cette énumération, que les hagiographes peuvent illustrer de nombreux faits concrets, donne le visage d’une sainteté bien austère, n’est-ce pas? Arrêtons-nous sur ce paradoxe qui laisse le monde moderne perplexe, voire irrité; on admet encore chez un homme comme Charbel Makhlouf une héroïcité hors de pair, devant laquelle on s’incline, retenant surtout sa fermeté au-dessus de la normale. Mais n’est-elle pas «folie aux yeux des hommes», comme s’exprimait déjà l’auteur du livre de la Sagesse? Même des chrétiens se demanderont: le Christ a-t-il vraiment exigé pareil renoncement, lui dont la vie accueillante tranchait avec les austérités de Jean-Baptiste? Pire encore, certains tenants de l’humanisme moderne n’iront-ils pas, au nom de la psychologie, jusqu’à soupçonner cette austérité intransigeante, de mépris, abusif et traumatisant, des saines valeurs du corps et de l’amour, des relations amicales, de la liberté créatrice, de la vie en un mot?

Raisonner ainsi, dans le cas de Charbel Makhlouf et de tant de ses compagnons moines ou anachorètes depuis le début de l’Eglise, c’est manifester une grave incompréhension, comme s’il ne s’agissait que d’une performance humaine; c’est faire preuve d’une certaine myopie devant une réalité autrement profonde. Certes, l’équilibre humain n’est pas à mépriser, et de toute façon les Supérieurs, l’Eglise doivent veiller à la prudence et à l’authenticité de telles expériences. Mais prudence et équilibre humains ne sont pas des notions statiques, limitées aux éléments psychologiques les plus courants ou aux seules ressources humaines. C’est d’abord oublier que le Christ a exprimé lui-même des exigences aussi abruptes pour ceux qui voudraient être ses disciples: «Suis-moi . . . et laisse les morts enterrer leurs morts» (Luc. 9, 59-60). «Si quelqu’un vient à moi sans me préférer à son père, sa mère, sa femme, ses enfants, ses frères, ses sœurs et jusqu’à sa propre vie, il ne peut être mon disciple» (Ibid. 14, 26). C’est oublier aussi, chez le spirituel, la puissance de l’âme, pour laquelle cette austérité est d’abord un simple moyen, c’est oublier l’amour de Dieu qui l’inspire, l’Absolu qui l’attire; c’est ignorer la grâce du Christ qui la soutient et la fait participer au dynamisme de sa propre Vie. C’est finalement méconnaître les ressources de la vie spirituelle, capable de faire parvenir à une profondeur, à une vitalité, à une maîtrise de l’être, à un équilibre d’autant plus grands qu’il n’ont pas été recherchés pour eux-mêmes: « Cherchez d’abord le Royaume de Dieu et sa justice et le reste vous sera donné par surcroît» (Matth. 6, 32).

Et de fait, qui n’admirerait, chez Charbel Makhlouf, les aspects positifs que l’austérité, la mortification, l’obéissance, la chasteté, la solitude ont rendus possibles à un degré rarement atteint? Pensez à sa liberté souveraine devant les difficultés ou les passions de toutes sortes, à la qualité de sa vie intérieure, à l’élévation de sa prière, à son esprit d’adoration manifesté au cœur de la nature et surtout en présence du Saint-Sacrement, à sa tendresse filiale pour la Vierge, et à toutes ces merveilles promises dans les béatitudes et réalisées à la lettre chez notre saint: douceur, humilité, miséricorde, paix, joie, participation, dès cette vie, à la puissance de guérison et de conversion du Christ. Bref l’austérité, chez lui, l’a mis sur le chemin de la sérénité parfaite, du vrai bonheur; elle a laissé toute grande la place à l’Esprit Saint.

Et d’ailleurs, chose impressionnante, le peuple de Dieu ne s’y est pas trompé. Dès le vivant de Charbel Makhlouf, sa sainteté rayonnait, ses compatriotes, chrétiens ou non, le vénéraient, accouraient à lui comme au médecin des âmes et des corps. Et depuis sa mort, la lumière a brillé plus encore au-dessus de son tombeau: combien de personnes, en quête de progrès spirituel, ou éloignées de Dieu, ou en proie à la détresse, continuent à être fascinées par cet homme de Dieu, en le priant avec ferveur, alors que tant d’autres, soi-disant apôtres, n’ont laissé aucun sillage, comme ceux dont parle l’Ecriture (Sap. 5, 10; Epistola ad Missam).

Oui, le genre de sainteté pratiqué par Charbel Makhlouf est d’un grand poids, non seulement pour la gloire de Dieu, mais pour la vitalité de l’Eglise. Certes, dans l’unique Corps mystique du Christ, comme dit saint Paul (Cfr. Rom. 12, 4-8), les charismes sont nombreux et divers; ils correspondent à des fonctions différentes, qui ont chacune leur place indispensable. Il faut des Pasteurs, qui rassemblent le peuple de Dieu et y président avec sagesse au nom du Christ. Il faut des théologiens qui scrutent la doctrine et un Magistère qui y veille. Il faut des évangélisateurs et des missionnaires qui portent la parole de Dieu sur toutes les routes du monde. Il faut des catéchètes qui soient des enseignants et des pédagogues avisés de la foi: c’est l’objet du Synode actuel. Il faut des personnes qui se vouent directement à l’entraide de leurs frères . . . Mais il faut aussi des gens qui s’offrent en victimes pour le salut du monde, dans une pénitence librement acceptée, dans une prière incessante d’intercession, comme Moïse sur la montagne, dans une recherche passionnée de l’Absolu, témoignant que Dieu vaut la peine d’être adoré et aimé pour lui-même. Le style de vie de ces religieux, de ces moines, de ces ermites n’est pas proposé à tous comme un charisme imitable; mais à l’état pur, d’une façon radicale, ils incarnent un esprit dont nul fidèle du Christ n’est dispensé, ils exercent une fonction dont l’Eglise ne saurait se passer, ils rappellent un chemin salutaire pour tous.

Permettez-Nous, en terminant, de souligner l’intérêt particulier de la vocation érémitique aujourd’hui. Elle semble d’ailleurs connaître un certain regain de faveur que n’explique pas seulement la décadence de la société, ni les contraintes que celle-ci fait peser. Elle peut d’ailleurs prendre des formes adaptées, à condition qu’elle soit toujours conduite avec discernement et obéissance.

Ce témoignage, loin d’être une survivance d’un passé révolu, Nous apparaît très important, pour notre monde, comme pour notre Eglise.

Bénissons le Seigneur de nous avoir donné saint Charbel Makhlouf, pour raviver les forces de son Eglise, par son exemple et sa prière. Puisse le nouveau saint continuer à exercer son influence prodigieuse, non seulement au Liban, mais en Orient et dans l’Eglise entière! Qu’il intercède pour nous, pauvres pécheurs, qui, trop souvent, n’osons pas risquer l’expérience des béatitudes qui conduisent pourtant à la joie parfaite! Qu’il intercède pour ses frères de l’ordre libanais maronite, et pour toute I’Eglise maronite, dont chacun connaît les mérites et les épreuves! Qu’il intercède pour le cher pays du Liban, qu’il l’aide à surmonter les difficultés de l’heure, à panser les plaies encore vives, à marcher dans l’espérance! Qu’il le soutienne et l’oriente sur la bonne et juste voie, comme nous le chanterons tout à l’heure! Que sa lumière brille au-dessus d’Annaya, ralliant les hommes dans la concorde et les attirant vers Dieu, qu’il contemple désormais dans la félicité éternelle! Amen!

Il Papa cosi prosegue in lingua italiana.

Sia lode alla Santissima Trinità, che ci ha dato la gioia di proclamare Santo il monaco libanese Charbel Makhlouf, a conferma della perenne, inesausta santità della Chiesa.

Lo spirito della vocazione eremitica che si manifesta nel nuovo Santo, lungi dall’appartenere ad un tempo ormai passato, ci appare molto importante, per il nostro mondo, come per la vita della Chiesa. La vita sociale di oggi è spesso contrassegnata dall’esuberanza, dall’eccitazione, dalla ricerca insaziabile del conforto e del piacere, unita ad una crescente debolezza della volontà: essa non riacquisterà il suo equilibrio se non con un accrescimento del dominio di sé, di ascesi, di povertà, di pace, di semplicità, di interiorità, di silenzio (Cfr. Paolo VI, Discorso ai Monaci di Monte Cassino, del 24 ottobre 1964: AAS 56 (1964) 987). La vita eremitica gliene insegna l’esempio ed il gusto. E nella Chiesa, come pensare di superare la mediocrità e realizzare un autentico rinnovamento spirituale, non contando che sulle nostre forze, senza sviluppare una sete di santità personale, senza esercitare le virtù nascoste, senza riconoscere il valore insostituibile e la fecondità della mortificazione, dell’umiltà, della preghiera? Per salvare il mondo, per conquistarlo spiritualmente, è necessario, come vuole Cristo, essere nel mondo, ma non appartenere a tutto ciò che nel mondo allontana da Dio (Cfr. SALVATORE GAROFALO, Il profumo del Libano, San Sciarbel Makhluf, Roma 1977, p. 216).

L’eremita di Annaya ce lo ricorda oggi con una forza incomparabile.

viernes, 7 de octubre de 1977

DISCURSO DE SU SANTIDAD PABLO VI
AL EMBAJADOR DEL LÍBANO ANTE LA SANTA SEDE
*
Viernes 7 de octubre de 1977

Señor Embajador:
Nos sentimos realmente conmovido por las elevadas palabras, llenas de fe y de humanidad, que Vuestra Excelencia acaba de pronunciar, inaugurando su misión de Embajador Extraordinario y Plenipotenciario del Líbano ante la Santa Sede. Habéis sabido evocar, con emoción y sencillez, la originalidad de vuestro amado país, su glorioso pasado, su constante anhelo de paz y libertad, las pruebas dolorosas que acaba de conocer y su situación actual todavía precaria. Todo ello debería hacerlo merecedor del respeto, la amistad y el apoyo de todos los miembros de la comunidad internacional.

Ante tan hermoso testimonio Nos queremos presentaros nuestros votos fervientes, dirigidos en primer lugar a Su Excelencia el Presidente Elias Sarkis: Nos os confiamos el encargo de agradecerle los sentimientos que de su parte Nos habéis transmitido y de expresarle Nuestro aliento en su alta misión. A vos, señor Embajador, Nos os deseamos fructuoso cumplimiento de vuestras funciones ante la Santa Sede y provechosos contactos con vuestros colegas del Cuerpo Diplomático presentes en Roma.

Nuestros votos fervientes se dirigen también, más allá de vuestra persona, a las queridas comunidades cristianas del Líbano, por diversas que sean en sus ritos, en su influencia histórica o en su importancia numérica: todas ellas llevan tanto tiempo arraigadas en esa tierra que prolonga en cierto modo la Tierra Santa, y han participado con tantos méritos en la historia, la cultura y el progreso de su patria, que tienen el derecho natural a continuar viviendo en ella, en su territorio, con justicia y paz. Y Nuestros sentimientos se extienden a todos los habitantes del Líbano: que todos puedan vivir en él y trabajar en la «tranquilidad del orden», tan bien evocada por vos, según una justa distribución de los derechos y los deberes, en el respeto de las leyes y del bien común del pueblo libanés, o, mejor aún, en la amistad que corresponde a conciudadanos y creyentes.

La prueba ha sacudido duramente al Líbano y Nos hemos sufrido con vosotros por esas ruinas que han desfigurado al país y por tantas muertes que han engendrado sufrimientos difíciles de sanar. Pero, con vosotros, queremos creer que la vitalidad, la energía, el ingenio, la capacidad de entendimiento y la esperanza que brota de la fe del conjunto de vuestros compatriotas, permitirán la reconstrucción y el progreso que todos los hombres os desean de corazón. Por nuestra parte no Nos contentaremos sólo con hermosas palabras de compasión y aliento; junto con nuestros hermanos los patriarcas y obispos del país, Nos seguiremos en nuestros esfuerzos de persuasión no sólo ante los libaneses, sino ante todas las partes en causa e incluso ante las instancias internacionales, para construir el porvenir en la paz. Y Nos ayudaremos en la medida de nuestras posibilidades a aliviar vuestras heridas. Este apoyo Nos os lo debemos en nombre de la caridad de nuestro Señor, en nombre de la fidelidad y de la estima que siempre Nos hemos sentido por vuestro ideal de vida común entre los diferentes grupos que componen la población libanesa. Y recíprocamente Nos atrevemos a decir que los pueblos del Oriente Medio y en particular la Iglesia, han sido y serán beneficiarios de vuestro ejemplo de vitalidad y solidaridad.

Estos son Nuestros deseos cordiales, señor Embajador, al recibiros aquí y al impartiros nuestra bendición al comienzo de vuestra delicada misión. El próximo domingo Nos propondremos a la veneración de los fieles de todo el mundo al bienaventurado Charbel Makhlouf: Nos dedicaremos entonces un pensamiento especialísimo al Líbano donde su santidad brilló con un resplandor particular. Desde ahora Nos suplicamos a Dios que asista y bendiga a todos vuestros compatriotas y a sus gobernantes, y que vele sobre los destinos de vuestra nación.


*L'Osservatore Romano, edición en lengua española, n.44, p.14.

lunes, 3 de noviembre de 1975

MENSAJE DE SU SANTIDAD PABLO VI
AL PRESIDENTE DE LA REPÚBLICA LIBANESA
*

Nos queremos expresar a vuestra Excelencia, al Gobierno y a todo el pueblo libanés, Nuestra profunda tristeza y Nuestra preocupación por los sangrientos acontecimientos que ocurren en vuestro país.

Nos parece muy grande el peligro de desmoronamiento del edificio de la nación libanesa, construido con tanto amor por generaciones de hijos, y que ha logrado un estado ejemplar de fraternidad y colaboración entre comunidades, ciertamente diferentes por su origen y características, pero unidas en una intensa actividad, en el amor a la patria, y en la estima de los valores morales y espirituales.

Dado el vivísimo afecto que siempre Nos hemos tenido para con el Líbano, Nos no podemos menos de dirigir a todos, en nombre de Dios, una llamamiento urgente para que se deponga definitivamente las armas fratricidas y se resuelva las divergencias en una recíproca comprensión y diálogo fraterno.

Nos no desconocemos los problemas que la población y los dirigentes libaneses encuentran en la difícil situación del país y de la región. Como Pastor supremo de la Iglesia católica Nos hemos experimentado una gran satisfacción al ver a la comunidad cristiana, guiada por sus dignos responsables, comprometerse en aportar su contribución para la solución de estos problemas. Ella ha promovido y desarrollado conversaciones con las autoridades y con los conciudadanos de religión musulmana, intentando favorecer el progreso económico, moral, social y político del país.

La Santa Sede, por su cuenta, apoyando los esfuerzos que los dirigentes de las partes interesadas intentan llevar a cabo para hacer justicia al pueblo palestino, expresa votos para la salvaguardia del Líbano en el respeto de su soberanía y en la independencia de toda ingerencia exterior. Pero todo apoyo amigo será vano, si los propios libaneses no renuncian con generosidad y clarividencia a la lucha y a la destrucción, y no se comprometen a resolver sus diferencias con negociaciones sinceras y rápidas.

Nos no podemos terminar este mensaje sin reafirmar al Líbano que nunca le faltará Nuestra ayuda, para que su crecimiento y desarrollo se realicen en un clima de paz y de serenidad. Este es el objeto de Nuestra continua e insistente súplica al Todopoderoso. A todos los hijos del Líbano, a sus dirigentes, en particular a vuestra Excelencia y a los miembros del Gobierno, Nos deseamos de parte del Señor los dones de la sabiduría y de la concordia, para que la tierra del Líbano vuelva a prosperar para el bien del Oriente Medio y del mundo entero.

Vaticano, 3 de noviembre de 1975.

PAULUS PP. VI

*L'Osservatore Romano, edición en lengua española, n.47, p.4.